NOVELA - "CONFUTATIS MALEDICTIS"

VIAJE A LAS SIMAS MÁS PROFUNDAS DE LA ESTUPIDEZ HUMANA

 

"CONFUTATIS MALEDICTIS"
Una novela a medio camino entre la ciencia-ficción, el humor y algún tipo de insanía mental.

Un aviador con miedo a volar se ve involucrado en una conjura de chalados en el Roque del Infierno, un islote en medio del Atlántico. Su ineptitud es requisito indispensable para la consecución de un proyecto secreto y demencial que le arrastrará a los abismos de un mundo perdido.

 
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CONFUTATIS MALEDICTIS
Carlos Atanes

198 páginas
Editado por CreateSpace (4 de Diciembre, 2007)
Idioma: Español
ISBN-10: 1434819019
ISBN-13: 978-1434819017
 
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UN FRAGMENTO:

"(...) Me empujó levemente hacia la salida. Pero nos detuvimos al pasar ante una vitrina donde se exponían seis pequeñas cabezas reducidas de guanches adultos. Los ojos de Boldo brillaron con un destello de picardía.

-¿Ve estas cabezas, piloto?

-Sí, cabezas reducidas. Pensaba que sólo los jíbaros hacían esto.

-Los guanches también conocían el secreto. Los científicos desconocían esta costumbre hasta que el marqués desenterró estos ejemplares en la playa de Lanzarote. Ya que estamos aquí, voy a mostrarle una cosa.

Abrió las portezuelas de la vitrina y apartó todas las cabezas menos una, que situó en el centro del estante, mirando hacia nosotros. Boldo cogió mi mano.

-No se inquiete. Durante unos segundos va a sentir algo especial. Confíe en mí. Relájese.

Cuando Boldo llevó mi mano hasta la pequeña cabeza guanche, vi el traje de Boldo sin Boldo, la tela del traje sin traje, la vitrina sin vitrina, el islote sin paredes, y entonces supe que la cruz de madera que había frente a mí la sostenía yo con mis manos, y que yo era el dominico Fray Luis de Buenaesperanza, respirando en aquel momento el aire del siglo XV, con una mosca recién posada en mi nariz, un insidioso dolor en los riñones y treinta españoles calzados en broncíneas lorigas chapoteando en el agua detrás de mí, sosteniendo en alto sus trabucos al saltar de los botes. Yo era el dominico, pero Boldo era la cabeza guanche, colocada sobre un altar de piedras, y a través de éste y otros contactos o ensoñaciones similares que seguro ya había experimentado con anterioridad, podía conocer los secretos de la sociedad guanche. Podía acceder a muchos conocimientos vetados al resto de los mortales.

-Así ayudó usted al marqués a rescatar reliquias perdidas.

Mis barbudos compañeros de armas me miraron extrañados, sin entender lo que había dicho. Proferían gritos para mí ininteligibles, en jerga arcaica, y se santiguaban a mi alrededor hincando pesadamente sus rodillas en la roca del islote. Un sol enrojecido se reflejaba en los cascos abollados de los conquistadores. El viento era fresco, y todos apestábamos a sudor y a col hervida, menos los cuatro o cinco guanches que yacían esparcidos por la arena con el vientre reventado de un trabucazo. Ellos olían a pólvora.

La cabeza reducida me habló, moviendo la boca mecánicamente, como el muñeco de un ventrílocuo (...)"


*************


OTRO FRAGMENTO:

"(...) - Sabía que le encontraría aquí, majadero, holgazaneando en su sarcófago -me espetó sin darme oportunidad siquiera a incorporarme en la cama-. Durmiendo como el enlace sindical negro de un cultivo algodonero del Mississippi. No, no se moleste, no hace falta que se levante, ya no. Siga durmiendo, por favor, que ahora le traigo el desayuno. Enseguida se lo traigo hirviendo y se lo tiro encima.

Y a punto estaba de llenarme de almohada otra vez la cara cuando el portazo de salida del teniente coronel me sobresaltó de nuevo y me hizo atender a las exclamaciones que éste iba arrojando por el pasillo, a quien quisiera oírlas, acerca de inminentes represalias, despidos y deshonores reservados a mi persona. La indignación que me produjeron estos comentarios me impulsó a salir de mi cuarto sin pararme a anudar el cinturón de mi batín de seda roja. De un grito detuve a Moscoso, ya con un pie en la escalera.

-¡¿Acaso le he molestado de alguna forma, señor?!... Porque si éste es el caso, creo que deberíamos discutirlo en privado. No es muy elegante ir aireándolo por ahí.

Moscoso se volvió hacia mí como un toro de lidia presto a embestir.

-¿Cómo se atreve a hablarme así, bastardo legañoso?, ¿cómo se atreve a alzarme la voz?... -vociferó, dejándose caer hacia mí a paso acelerado, mientras varias cabezas asomaban en el rellano- ¿Pero usted se ha visto bien? ¡Mírese!

- ¿No le gusta mi batín?, pues mire para otro lado -le repliqué con insolencia.

- Sólo en su espalda veo un batín, ¡deje ya de enseñarme sus calzoncillos arrugados o le pego un tiro aquí mismo, depravado!

Reconozco que me cogió desprevenido, y me anudé el cinturón ligeramente avergonzado, retrocediendo un paso para no ser arrollado por su masa destructora, al fin detenida a pocos centímetros de mí.

-Moscoso, no olvide que soy piloto civil y su autoridad se acaba a un metro de mi nariz, si entendemos que esa es la distancia mínima que salvaguarda la intimidad de los españoles. Si otras culturas usan otros parámetros, yo los desconozco.

-Si antes me gustaba usted poco, ahora ya no me gusta nada -dijo hundiéndome su dedo índice en el pecho, casi dolorosamente-. Aquí se viene a trabajar, piloto o lo que sea. No necesitamos holgazanes ni sabihondos de tres al cuarto. Desde que llegó a esta isla, desde antes incluso, ha venido demostrando usted unas aptitudes para la desidia y la estulticia nunca vistas desde cierta quinta de hace veinte años cuando tuve el penoso deber de meter en el calabozo a perpetuidad a quince reclutas absolutamente inútiles para la carrera militar y para cualquier otra carrera... ¡Al formar mojaban sus botas con su propia saliva, los malditos oligofrénicos!

-¿Ah, sí? ¡Pues yo fui uno de ellos!... Quiero decir, no lo fui pero pudiera haberlo sido. De haberlo sido recordaría perfectamente su cara de sapo estreñido, porque nunca olvido una cara de sapo estreñido cuando la veo -consciente de haber perdido totalmente el hilo, y retrocediendo un paso, decidí continuar el ataque verbal viendo que acusaba mis palabras como aguijonazos, y para mayor diversión del grupo de personas que se había congregado en el pasillo, mantenidos a distancia prudencial de nosotros-. Sus antecedentes fascistas no me impresionan, ya corrí de joven delante de agentes de la opresión más fornidos y mucho más peligrosos que un viejo soldado esclerotizado por la próstata como usted. ¡No tiene de qué acusarme, ni qué echarme en cara, ni por qué alzarme la voz, sicario del sistema!

-¡Apóstata, usted es un apóstata! - volvió a golpearme con el dedo, obligándome a retroceder.

-No me toque...

-Debí sospecharlo hace tiempo, ha venido aquí a reventar el proyecto. ¡Infame, hereje, arrodíllese ahora mismo ante mí! ¡La Sagrada Patria vendrá en mi ayuda a aplastarle las pelotas!

-¡No me grite más, húsar jurásico! ¡Y deje de tocarme con su dedo marcial, no lo soporto!

-¡No me grite usted a mí, traidor infame, vago, inútil, pendenciero!

Nuestros gritos resonaban por toda la casa y el grupo de gente que presenciaba la discusión aumentaba paulatinamente. Fugazmente divisé a Jilguero, pálido e indeciso, horrorizado ante el conflicto. La presencia de público me animó a mostrarme más ingenioso y mordaz, decidido a ganarme todas las simpatías posibles y dejar a Moscoso hundido en el ridículo más vergonzoso.

-¡Muéstreme otras razones más convincentes que su perorata carrinclona! -le reté, desafiante-. Aún no sé por qué he de aguantar sus impertinencias. ¿Dónde consta que esté a sus órdenes? Porque yo no he visto ningún contrato, ni nómina, ni copia alguna de nada en papel carbón. ¿Qué, diga, qué me ata a usted y a este enloquecido proyecto?

-¡Ya, nada! ¡Ya nada, no se preocupe!... -me replicó Moscoso, abriendo los brazos y volviéndose hacia los asistentes.

-¿Me está amenazando? Entérese bien, pedazo de mula: yo soy necesario en esta misión, yo sé hacer algo, sé pilotar. ¿Qué sabe hacer usted, aparte de vociferar tocándose la pistola y calzarse las mallas de Madame Cocrot ante el espejo de su toilette?

Arrebatado por la ira, Moscoso se arrojó sobre mí estrujándome los hombros y el cuello e incrustando mi cuerpo en sucesivas puertas del pasillo, una tras otras, haciendo crujir maderas y costillas. El viejo estaba fuerte y sus manos eran dos tenazas de acero, largamente templadas, como las espadas medievales templadas en la sangre hirviente de los enemigos recién caídos. Mis pies arrugaban la alfombra del pasillo en pliegues sinoidales, incapaces de tomar asiento estable en el suelo.

-¡Desgraciado, desgraciado! ¡Ha conseguido agotarme la paciencia, malnacido! -gritaba desgañitándose, mientras varios individuos intentaban separarlo de mí, pero el de éstos era un intento tan vano como salvar un recién nacido de las fauces de un pederasta voraz-. ¡En mala hora pensé en su repugnante persona para complicar el plácido devenir de esta misión sagrada! ¡Por los muñones de mi padre mutilado en la guerra que nadie lo va a salvar ya de mi furia desatada!... ¡Por los tres abortos no deseados de mi fallecida esposa que en paz descanse que lo estampo contra el techo y le arranco las tripas y le devoro los ojos y le retuerzo el corazón y le quiebro el cuello y le sorbo los sesos y le muerdo las uñas y le castro con mis codos sin que una sola gota de sudor venga a sumarse a las que ya me ha producido la audición de su jerga apóstata y enfermiza!... ¡Por el maldito recuerdo de los dos mil sifilíticos marinos que fornicaron a mi madre en diversos cochambrosos cuartos traseros de tabernas en puertos de nombres olvidados que le aplastaré el alma como aplasté el ánimo de cien mil reclutas a lo largo de mi larga, intachable, patriótica, honorable y sagrada carrera militarrr!...

-¡Moscoso, deténgase!, ¿es que ha perdido la cabeza? (...)"

 
     
  CONFUTATIS MALEDICTIS
Carlos Atanes

198 páginas
Editado por CreateSpace (4 de Diciembre, 2007)
Idioma: Español
ISBN-10: 1434819019
ISBN-13: 978-1434819017
 
   
   
   
 
 
 

 
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