La única posibilidad de reconvertir el arte, crema hidratante de las clases privilegiadas, en instrumento infeccioso al servicio del subproletariado cultural, es el Dogma Final, la Última Línea de Defensa del (sub)Proletariado Cultural en la Era de la Reproducción Digital, concebido inicialmente para replantear los valores establecidos del cine y del vídeo, pero fácilmente aplicable, con ligeros reajustes, a otros medios de expresión.
He aquí nuestro manifiesto, el Dogma Final, susceptible por supuesto de ser tratado todo lo irrespetuosamente que se quiera:
DOGMA FINAL:
La Última Línea de Defensa del (sub)Proletariado Cultural
en la Era de la Reproducción Digital
- Ni el cine ni la realidad existen, hay que volver a crearlos.
- El cine es un medio, no un fin en sí mismo. Por lo tanto, el cine en sí NO es importante.
- La realidad actual es ya demasiado irónica como para ironizar sobre ella. Por lo tanto la ironía es innecesaria, porque siendo la negación de la negación, es una impostura que a lo único que conduce es a vaciar las formas de contenido.
- La opinión de la crítica (y de los jurados) no merece ningún respeto, porque su lectura supuestamente privilegiada depende de una jerarquización de formas preestablecida y por lo tanto obsoleta.
- El cine tiene que crear su público sin el consentimiento del público.
- La única limitación formal en una película es la voluntad del realizador, que en ningún momento hace falta justificar.
- La emoción es inevitable, por lo tanto no puede ser nunca un objetivo.
- A partir de ahora, toda película que no aplique las directrices del Dogma Final, será considerada pornográfica.
Queda abierta la puerta a una era de esplendor.
(Carlos Atanes & Scott Fitzpatrick
Barcelona, mayo 1999)
Y queda abierta también, de par en par, no ya la posibilidad, sino la necesidad de introducir tantas modificaciones, añadiduras y recortes como pueda parecer adecuado al presente manifiesto, enemigo de manifiestos, cátedras y coágulos. De ahí la negativa a recitarlo en su presentación. El Dogma Final ha de ser siempre más Final que Dogma, y por ello indefinidamente tergiversable. Sin embargo, en estas páginas haré una excepción y explicaré un poco las intenciones.
Dicho manifiesto fue someramente proclamado para escándalo de liberales y marxistas el viernes 9 de julio de 1999 en el auditorio del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona –CCCB–, por Scott Fitzpatrick y un servidor, secundados por un reducido grupo de malhechores culturales, entre ellos Josep Girbau, realizador de largometrajes inacabados, cortometrajes asombrosos e invocador incansable de diversos espíritus elementales, que también dio la cara en el evento.
La reacción del público fue, naturalmente y como estaba previsto, hostil y desagradecida, puede que por el patente desinterés que pusimos en explicar detalladamente el Dogma Final, puede que por la audición de la obra de Rory Macbeth, otro implicado, consistente en 14 versiones del My Way de Frank Sinatra mezcladas simultáneamente – y que consiguió desalojar casi por completo el auditorio, ya diezmado por la precedente exhibición de nuestros cuatro cortometrajes atroces –, o puede que por la actitud altiva e iconoclasta que mostramos ante nuestro público, y que tuvo como consecuencia más de un encontronazo verbal. Por ejemplo se nos acusó de ser poco respetuosos con los bienintencionados cineastas del Dogma 95, manifiesto firmado en 1995 por Lars Von Trier y otros directores daneses empeñados en devolver al cine su pureza original. El Dogma 95 fue, por supuesto, uno de los objetivos a los que dirigimos nuestras críticas, aunque no el único. La poca costumbre que se tiene en Barcelona de criticar abiertamente cualquier cosa tenida como políticamente correcta y la descarada y malintencionada similitud – prevista por nosotros – entre los nombres, que no conceptos, de ambos manifiestos dogmáticos, cogieron de improviso al respetable público, provocando la sorpresa e indignación de algunos. Fue una ocasión excelente, aunque lamentablemente desaprovechada, para haber recordado a los indignados que las personas merecen ser tratadas con respeto, pero no necesariamente sus ideas, o los manifiestos que firman.
La supuesta realidad subyacente se manifiesta con unas formas de las que alguien extrae una norma. Esta norma genera unas formas que configuran una realidad. La mentalidad tecnoburocrática está en el centro del círculo controlando el proceso. Cuando esta realidad final coincide con la inicial, la estructura es tautológica. Es el caso del nuevo cine español, de la estética publicitaria, y del Dogma 95 danés, aparentemente –falsamente– desmarcado de este círculo vicioso.
Toda imposición formal que no sea una autoimposición del propio autor es un ejercicio perverso que conduce a engranar la obra con la gran maquinaria tautológica de la cretinez mediática, al potenciar la conversión del producto en fin y no en medio, ya que una concreción formal como vehículo del mensaje sólo puede venir dada por el responsable directo de la obra, el realizador. Naturalmente, la industria apoya la concepción de la obra audiovisual como fin en sí mismo, porque esto redunda en una mayor consolidación del círculo vicioso forma-norma-forma-realidad, y descarta cualquier alternativa al bucle, sólo posible mediante la obra-medio, y este descarte se produce mediante el ninguneo mediático del producto. Por eso el Dogma Final, que busca la rotura del círculo vicioso, no propone ni una sola norma estética a no ser la dada por una absoluta independencia del realizador, dueño además de cambiar de opinión cuando le venga en gana, no teniendo que rendir cuentas de su criterio a nadie más que a sí mismo, o en última instancia a sus colegas de profesión a modo de tema de discusión, en caso de producirse cierto ánimo empático. Y en ningún caso a la crítica, custodio oficial de la retroalimentación cretinizante. El sistema de festivales, instituciones y subvenciones es, en gran parte, un sistema corrupto, alienante y en el mejor de los casos, indolente. Homogeneiza los criterios de producción y no potencia un audiovisual diversificado en lo estético y en lo conceptual, ya que sus objetivos no están habitualmente puestos en esto último, sino en motivaciones macro o micropolíticas de sus organizadores.
En una sociedad multimediática, una acción efectiva pasa por la diversificación de canales de la estrategia discursiva. Ello implica el reforzamiento del producto básico, esto es el producto audiovisual en sí mismo, mediante contrafuertes mediáticos, por ejemplo Internet. A estas alturas tiene poco sentido, o mejor dicho, es poco práctico, concebir las iniciativas de comunicación como iniciativas monocanal. Por lo tanto actualmente, y con vistas a la eficacia, conviene planificar acciones conjuntas, colectivas por lo que a suma de fuerzas se refiere, y diversificadas en diferentes canales. Eso sí, aplicando la Tres Reglas: discurso mutable, no-alternatividad y convicción de que el fracaso es siempre inevitable.
La reivindicación del largometraje cinematográfico como única y última vía digna a la cual aspirar si queremos elaborar productos audiovisuales, no es sino un subterfugio para camuflar la íntima aspiración de verse involucrado en el sistema productivo con mayúsculas, aspiración legítima pero aberrante si se confunde el fin con los medios, que es lo que acostumbra a pasar. Actualmente se olvidan a menudo los motivos que impulsan a un autor a realizar una obra audiovisual, y se tienen demasiado presentes las recompensas sociales que conllevará el estreno del mismo si su factura se ajusta a los cánones preestablecidos por la industria. En cualquier caso, no pertoca a los realizadores sin recursos reivindicar un aumento de la producción audiovisual en gran formato, pero sí reivindicar un aumento de la producción (y de la exhibición) indistintamente del formato que vaya a utilizarse, en aras de la comunicación y en perjuicio de la esporculación.
Debe exigirse a aquellos estudiantes de cine que vuelcan sus ilusiones en llegar a ser realizadores algún día, que hagan el siguiente ejercicio: que se imaginen a sí mismos dentro de cinco, diez o veinte años. Si imaginan a grandes rasgos la película que podrán estar haciendo, que sigan adelante. Si se imaginan a sí mismos rodeados de periodistas, estrellas, premios y glamour, y no son capaces de entrever qué película estarán llevando a cabo, mejor que lo dejen correr y no estorben a los que sí quieren hacer algo realmente.
Si hay un instrumento eficaz para irritar al espectador, es lo nuevo. No en su sentido absoluto, sino en relación a lo que conoce ese espectador en concreto, que viene a ser poco más o menos lo que conocen sus congéneres, pues los sistemas de referencia nos son comunes, con pocas diferencias, a todos los miembros de una sociedad. Lo nuevo enfrenta al sujeto al vacío que genera lo desconocido, y por qué no decirlo, a lo libre, a lo que nadie se apunta de buenas a primeras. Siguiendo esta misma línea de pensamiento ya afirmó Bertrand Russell en su día que cuántos no temerían antes a la originalidad que a la misma muerte. El temor a la libertad está tan extendido y arraigado que a estas alturas el mundo sería inexplicable sin partir de él.
Es un deber moral, y ya urgente, esforzarnos en rodar de una forma honesta y crítica prescindiendo de la bendición de terceros. Es importante tener siempre muy presente que los productos audiovisuales llevados a cabo desde la base de la pirámide industrial – por no decir desde sus aledaños – no surgen nunca en respuesta a una demanda del público ni de la industria, ni son reclamados una vez hechos como complemento necesario del corpus mediático. Un productor independiente es, por lo tanto, el árbol tenaz que hunde sus raíces en un suelo yermo que nadie riega y que extiende sus ramas hacia lo alto, en busca de una luz interceptada por un techo de hormigón fabricado a conciencia. En momentos de crisis grave de convicción en su trabajo y en las repercusiones de éste, ha de hallar su alimento en el mismo ánimo que alimenta la tenacidad del árbol en el páramo, y que es el mismo de todas las plantas silvestres, seres autistas por excelencia: su propia tenacidad constituye en sí el sentido último de su desarrollo; y sus frutos, producidos siempre al margen del placer que de ellos pueda o no extraer el fortuito consumidor, sirven, una vez madurados y desperdigadas sus semillas, para la perpetuación y afirmación de la propia especie. Es también la lógica del virus. En este mundo sólo fracasa el que se rinde (como dijo Hitchcock mucho antes que Cela, al contrario de lo que nos quieren vender ahora).
El llamado joven cine español es un producto de márketing muy bien concebido, elaborado y mercantilizado en un inicio por grandes grupos políticos y mediáticos. Los citados grupos de comunicación han creado, controlado y alimentado desde un principio la producción, la distribución, la difusión, la exhibición y la crítica vinculadas a la nueva corriente cinematográfica. Es un nuevo tipo de cine, en general, fatuamente esteticista o tan sólo feísta, políticamente correcto, impúdicamente mojigato, banal y estúpido en contenidos y kitsch en la forma. Varios de sus realizadores más destacados han declarado a menudo públicamente no sentirse particularmente interesados por la lectura, y se han vanagloriado de ello tanto como buena parte de sus espectadores; de lo que podemos concluir fácilmente, en pocas palabras, que no sólo se trata de un cine hecho por cinéfilos – y no hay nada menos interesante que una película hecha por un cinéfilo –, sino por cinéfilos burros y para burros, considerando ahora como burro no a aquel que no sabe, sino al que se siente orgulloso de su propia ignorancia y la abandera.
Por eso, aplicamos el calificativo pornográfico a aquellos (y sólo a aquellos) productos insertos en la maquinaria de cretinización retroalimentada, para de paso desvincular el término de los productos a los que ha venido siendo asociado hipócritamente, esto es, los productos que muestran lo que alguien – alguien que siempre es otro, nunca yo mismo – ha decidido que no debería verse, o incluso saberse, pero que lamentablemente se ve y se sabe. Ironizar desde el interior de una tautología realmente pornográfica como el actual sistema de producción audiovisual – que es la única forma de ironizar que se da, y abunda, en este medio – es un acto de envilecida cobardía disfrazada de vanidosa intelectualidad. Ironizar desde fuera es sencillamente una bobada, pues la mencionada tautología es en sí misma irónica, y lo que urge es el ataque directo, despiadado y absolutamente irrespetuoso contra las corrientes de convección de la estupidez. Lo que el Dogma Final viene a proponer, en fin, es la sustitución de la ironía por el humor, ya que si atendemos a la definición de Bergson por la cual la ironía anuncia lo que debiera ser fingiendo que es en realidad, mientras que el humor describe lo que es fingiendo creer que así debiera ser, nótese que los actuales medios de producción y reproducción son esencialmente irónicos. Queda entonces claro que exabruptar encima de los comentarios bienintencionados de los actuales librepensadores defensores del círculo vicioso no es un acto de nihilismo, sino una declaración de amor a sus culos tan bien asentados.
¡Rompamos las sillas!
Carlos Atanes
Barcelona, diciembre 2000