CARLOS ATANES: Joaquín, tú fuiste uno
de los fundadores de La Fàbrica del Cinema Alternatiu. Creo que la montásteis
allá por 1993 ó 1994. Y en esa época rodaste tu largometraje Cadáveres para el lunes. Barcelona vivió en la
primera mitad de los 90 una cierta euforia creativa. La cosa no
estaba para tirar cohetes, pero había varios colectivos que aunaban
los esfuerzos de gente que quería hacer películas, cortos, largos y
también vídeo experimental. Estaba La Fàbrica, que fue la más
destacada, pero también La 12 Visual, Alpacine, Salto de Eje,
Plan B... Algunos se disgregaron, otros se reconvirtieron, otros
se institucionalizaron, y otros sencillamente pasaron a mejor vida,
pero el caso es que ya no se respira aquel ambiente, en el que se
producía a menudo, aunque con pocos medios. El que no se lo pagaba
todo del bolsillo, conseguía una subvención, o latas sobrantes del
rodaje de un largo. Ahora parece que sólo se pueden rodar
cortometrajes en 35 mm en las escuelas de cine, que vinieron a
sustituir a aquellas asociaciones. Ni siquiera la llegada del vídeo
digital parece insuflar vida a esta ciudad soñolienta, que vive del
prestigio de tiempos pasados. ¿Qué fue de los actores de aquel
movimiento, dónde se han metido, han envejecido, siguen trabajando?
¿Tú crees que esta decadencia se explica por un cambio generacional,
lo que vendría a ser normal y anunciaría un futuro resurgimiento, o
se debe a causas más profundas, estructurales,
anímicas, relacionadas con un desgaste en la forma de hacer o de
pensar?
JOAQUÍN TORRES: La Fàbrica representó
una intensa borrachera que duró muy poco y a la que se unieron todo
tipo de personajes, algunos verdaderos cineastas o proyectos de
cineastas, otros, sencillamente, soñadores sin remedio. En esa época
había muchas ganas de romper el monopolio del poder de las
subvenciones al que sólo optaban unos cuantos profesionales del
dossier. El Pujolismo jamás quiso una industria cinematográfica competente
porque chocaba frontalmente con su proyecto lingüístico, prefirió la
corrupción de unos cuantos a la incomodidad que suponía un cine
libre, previsiblemente en español, idioma fácil de exportar. Los
soñadores de esa época, grupo en el cual me incluyo, decidimos
cambiar el panorama y lo conseguimos, aunque fuera sólo a título de
testimonio. Los cambios profundos vendrían después, con la llegada
de Internet y ahora con la explosión del cine digital. Creo que La Fàbrica, Salto de Eje y Plan B, entre otros, representan lo que
se ha dado en llamar una generación perdida. Todavía hoy encuentro
compañeros de esa época que están en tierra de nadie, la industria
no los ha absorbido y las nuevas generaciones, menos solidarias,
hacen un cine menos generacional, pero claramente mejor y más rico.
Hace unas semanas pudimos comprobarlo en el Festival de
Cine Digital de Barcelona, nuevas caras, sobre todo en la
sección de cortos, mezcladas con la vieja guardia. ¡Qué alegría
veros a ti y Xavi Gaja, trabajando entre los maestros y los nuevos
cineastas! El pulso de una época creativa se detecta por la euforia
de sus autores. Hacía tiempo que no sentía ese entusiasmo. La gente
está haciendo películas mientras toma un café con los colegas, como
en los tiempos de La Fàbrica, pero con equipos digitales más
eficientes. Creo que nuestra soñolienta ciudad, Barcelona, ya no es
más Barcelona, sino una sucursal global del sector en el que te
muevas. Si el cine global goza de buena salud, está garantizada la
creatividad local. Con eso jamás contó el nacionalismo catalán, han
perdido la partida y me alegra. Hoy vemos como auténticas reliquias
del pasado a gente como Josep Maria Forn, Bellmunt, Ventura Pons
(recordado por Ocaña,
un retrato intermitente y no por sus incompetentes ficciones gays). Los actores han
corrido una suerte muy desigual. De aquella época un buen número se
ha salvado con los culebrones de la tele. La creatividad la han
guardado para el teatro, en heroicas funciones con muy pocos
espectadores para rentabilizar las obras. Se les debe un homenaje,
han sido muy valientes y han mostrado un amor a su trabajo digno de
admiración. Ya sabes, me refiero a Mingo Ràfols, Ana Azcona, Pep Cortés, Imma
Ochoa, Anabel Moreno, Anna Briansó y un larguísimo etc.
Soy muy optimista, quizá sea un defecto de mi carácter, pero el
futuro es siempre de los osados.
ATANES: Desde
luego, se conoce que en osadía no eres precisamente deficitario. Cadáveres
para el lunes fue un ejemplo de arrojo que casi podríamos
tildar de temerario. Sé de algunos directores que comenzaron
largometrajes en 35 mm al margen de la industria, de las
subvenciones, de las distribuidoras... pero sé de muy pocos que
consiguieran acabarlos. Cadáveres
para el lunes es uno de estos raros
ejemplos. Fuiste por libre, la acabaste, y luego pagaste las
consecuencias de no haber pedido permiso para hacerla. Cuéntame un
poco cómo fue aquello, a cuento de qué te metiste en semejante
berenjenal. ¿Lo volverías a hacer hoy?
TORRES: Hace unos días
hablábamos precisamente de eso con un buen amigo y su sutil mujer,
Eric Morand, economista, asesor de estado y gran viajero, citando
la conocida epopeya de Hernán Cortés, que quemó las naves para
obligar a sus hombres a vencer o morir. Él nos decía que un francés,
alemán o norteamericano, jamás habría elegido esa estrategia. Más
científicos, más calculadores, habrían optado por hacer otra cosa
con los barcos: mantenerlos útiles para poder regresar. Yo quemé las
naves y no vencí, esa fue mi pequeña tragedia. Si hubiera sido un
guerrero samurai no hubiera dudado en hacerme el harakiri; pero yo
sólo era un ex-estudiante de cine y marmolista de oficio. Es verdad
que fui de los pocos que acabó una aventura de esa magnitud. Hace
unos años que dejé de atormentarme sobre cómo fueron las cosas. Es
totalmente cierto que hacer la película sin permiso se cobró un
precio muy elevado. Jaume Figueras, que habló muy bien de ella en la
radio (y con quien coincidía a menudo en casa de mi pareja de
entonces) se acobardó a la hora de exhibirla en el cine Maldà. Yo le
ofrecí pagar la publicidad y todos los gastos, de esa forma
cumplíamos con el contrato que teníamos con Canal Plus y cobrábamos
la mitad restante sobre los derechos de antena. Pero la
responsabilidad mayor la tuve yo por no hacer una buena película.
Volveré a quemar las naves, volveré a rodearme de un grupo de
valientes y regresaremos a la jungla para enfrentarnos con los
dioses paganos y con los feroces Guerreros Jaguar.
Hicimos Cadáveres
para el lunes por necesidad: necesidad de hacer algo que me interesara
de verdad, que a su vez, respondía a una necesidad mayor, más
generacional, de hacer películas distintas. Pero hay una razón más
física y más visceral: mi trabajo de marmolista estaba junto al hoy
extinto laboratorio Fotofilm, y el olor de los químicos del
revelado me hacía regresar en el tiempo a la época en que estudiaba
cine en los Estudios Churubusco. Es un olor muy penetrante que me
empuja a hacer cine. Por esta misma lógica, el cine digital,
inodoro, no me provoca esa reacción creativa.
Te decía que la idea era hacer un cine temáticamente variado
pero alejado del espíritu conformista del cine catalán de entonces.
Que no tuviera nada que ver con las ñoñas cintas de Rosa Vergés,
Francesc Bellmunt, Jesús Garay, Jesús Font, Antonio Chavarrías (este
último claramente el mejor de todos ellos y el más outsider). Todo menos ser
cursi y pequeño burgués catalán. Nos repugnaba la complacencia con
que hacían películas y se repartían las subvenciones. Eran un club
de pijos serviles a Pujol, a CiU y a la Generalitat. Nos faltó muy
poco para acabar con su monopolio al no conseguir hacer ni una sola
película que se impusiera. Estuvimos cerca, pero no pudo ser. El
problema mayor fue que no estábamos preparados para hacer el relevo
generacional. Las escuelas de cine empezaban a dar sus primeros
frutos. Cineastas como Balagueró o Cesc Gay estaban en pañales y
Marc Recha, que me parece autista, no da para encabezar una generación. El
sibaritismo de Jesús Guerín tampoco ayuda mucho. Muchos de ellos
viven de la docencia, son débiles, introvertidos, con eso está todo
dicho. Para hacer cine hay que luchar con la distribución, montar
productoras, crear, sí, pero también ser hombres de negocio. Antonio Chavarrías es el único que tiene ese espíritu; produce cosas
interesantes, él mismo ha mejorado mucho como director.
Cadáveres
para el lunes se hizo por la colaboración de Isabel Gardela y varios
miembros de la Fàbrica de Cinema Alternatiu que aportaron todo
su esfuerzo para hacer posible una película de verdad, y digo de
verdad, porque el cine amateur tiene o tenía ese complejo de "super-ocheros". El techo del formato era muy alto y nos frustraba no
llegar a tocarlo. El cine en 35 mm significa la posibilidad de tocar
la realidad cinematográfica en todo su esplendor, significa
igualarte a tus ídolos, los grandes directores de la historia del
cine; también una trampa para incautos que piensan que el formato lo
es todo, cuando sólo es un soporte más ancho, sólo eso, se ve mejor
pero también hay que llenarlo con cosas mejores. Hicimos Cadáveres
para el lunes para aprender y estar en condiciones de hacer más
películas. No fue así, el techo se desplomó y quedamos atrapados
entre las ruinas. Es por eso que la vida y el cine se confunden en
mi vida, una es extensión de la otra y he tenido que adaptarme para
seguir adelante con el peso que supone ser cineasta sin apenas hacer
cine, pero sin poder liberarte de esa aspiración. Creo que mis
compañeros de Cadáveres
para el lunes, están enfermos de lo mismo. Algunos
hacen cine, otros sueñan con hacerlo, pero todos tienen la misma
enfermedad. Es un club, sabes de qué te hablo...
ATANES: Sí, soy miembro numerario. A veces
pienso que tendríamos que organizar reuniones terapéuticas, como los
alcohólicos anónimos, y acudir todos vestidos con una bata blanca
abierta por detrás, como en los post-operatorios, pero cuando lo
pienso dos veces y nos imagino a todos ahí, llorando y enseñando el
culo, ya no me parece tan buena idea. Aunque está bien que menciones esta
relación entre la vida y el cine, y lo próxima que está a una
adicción. Más a una adicción que a una profesión, pienso yo, y creo
que estarás de acuerdo. Dices que has estado mucho tiempo sin apenas
hacer cine, y sin embargo no es del todo así. Apenas has rodado,
pero has estado escribiendo como un poseso. Esta faceta tuya de
guionista, ¿la has estado ejerciendo con el mismo entusiasmo que tu
faceta de director, como una especie de recogimiento espiritual, como
una necesidad de dar un paso atrás para luego dar dos hacia
adelante?... ¿O más bien no te lo has planteado porque tu condición
de cineasta está por encima de estas divisiones en ocasiones un
tanto frívolas, que obedecen en su compartimentación más a la
vanidad que a la vocación?
TORRES: Durante los últimos 5
años he escrito guiones con Daniel Cantón, un amigo y viejo
colaborador a pesar de su juventud. Escribimos con intensidad
guiones y sobre todo apuntes de guión, borradores de lo que más
tarde acaba siendo el texto. No hemos conseguido que se ruede nada.
Hace tres años firmamos el guión Motivos para un viaje. Ganó dos
subvenciones y allí está, manoseado por varias productoras,
durmiendo el sueño de los justos. Se trata de un permanente
entrenamiento, del ejercicio espiritual imprescindible para cuando
llegue la hora de la verdad, cuando estás detrás de un cámara y
tienes que demostrar que estás preparado para narrar una historia
con los medios con los que cuentas. Los guiones son manuales de la
vida y del cine. Errores en ese manual se traducen en imágenes
erróneas, en historias fallidas. Para mí, la palabra cineasta resume
el oficio de hacer cine, sin importar qué parte de la partitura te
toca interpretar. Un jefe de producción, a veces, está más implicado
en una película que el mismo director. Esa pasión por ayudar a que
un proyecto cinematográfico llegue a buen fin, me sigue emocionando.
Es por eso que las películas de Herzog nos apasionan, magníficos
ejemplos de la locura que significa hacer cine. Cuando ves a Aguirre
perdido, dando vueltas en el Amazonas, con sus soldados enloquecidos
por la malaria, recitando una arenga de valor y sublevación a la
Corona Española, no puedes más que pensar en la rebeldía que
representa inventar un mundo al margen de cualquier autoridad. Una
buena película es siempre un desafío. Y si me apasionan las
películas de ciencia ficción es porque unen los desafíos más grandes
que tienen los hombres, la conquista de su libertad y los viajes
espaciales. En mi cotidiana mediocridad me animo pensando en quizá
algún día inventaré una buena historia de marcianos.
ATANES: Ah, qué bien suena esto, sí señor. No sé de dónde vendrá ese extraño
pudor que nos ruboriza a los que no hemos nacido en Gran Bretaña ni
en los Estados Unidos cuando tocamos el tema de la ciencia-ficción.
A estas alturas, aún nos oprime la idea de que se trata de un género
menor, infantil, o en el mejor de los casos, patrimonio de los
anglosajones. Con la de cosas interesantes que se pueden decir con
una buena historia de marcianos. Más difícil de escribir bien, al
contrario de lo que muchos piensan, que de rodar. Por
cierto, se me ocurre que quizás tenga este deseo tuyo su origen en
las experiencias vividas durante de rodaje de Dune. Asistir en
persona a la elaboración de semejante mega-película debe despertar
en uno ciertas envidias, del tipo "yo también quiero jugar un rato
con algo parecido", o "préstamelo, David", ¿no?... Supongo que es
como un juguete gigante. Para acabar esta suculenta conversación,
cuenta alguna anécdota que conserves de aquellos días, de qué viste
por allí, ¡de cómo se las arregló David Lynch para no ser (o sí)
triturado por una maquinaria de 47 millones de dólares!
TORRES: Raffaela de Laurentis y
uno de los hermanos López nos dijeron durante el rodaje de Dune que la película costaría
50 millones de dólares. Para principios de los años ochenta era una
cantidad brutal de dinero. Se lo patearon todo haciendo ese informe
relato del universo. Freddie Francis, el gran operador, comentaba
que la peli estaba quedando muy oscura y que era el gusto de Lynch,
lo cual no impedía que lo abroncara delante de todos. Freddie
Francis era como su padre y él aguantaba el chaparrón. La verdad es
que Dune estaba dirigida por la
producción, poco se podía hacer durante el rodaje, todo estaba
planificado en función de que el caos no acabara por apoderarse de
la peli. Se quemaron decorados enteros que había que reponer y que
costaban $ 250,000. A veces Lynch llegaba tarde o ni se presentaba
al rodaje y nadie lo echaba en falta. El ambiente era de lo más
variopinto, los Estudios Churubusco pasaban por una buena época, se
rodaban un montón de superproducciones y daba igual en cuál de ellas
te encontrabas. Pasabas de la magnífica cantina-restaurante de los
estudios a los sets y al back lot, como quien cambia de mesa.
Las vedettes de las películas locales animaban el cotarro, todas a
la espera que alguien las contratara para hacer un papelito en las
superproducciones. Bebíamos como cosacos tequila y cerveza,
intentábamos sobar a las chicas que nos daban palmaditas en la nuca
con besos en el aire. ¡Quien hubiera tenido autoridad para
contratarlas! Hacían cola para acostarse con los americanos.
Recuerdo que se rodaron títulos como Conan, Flash Gordon, La Selva Esmeralda... David Lynch
charlaba con nosotros y nos pedía que lo lleváramos a ver cosas
desagradables, mientras más sórdidas, mejor. Nos recogía con su
chofer y lo llevábamos a ver los mataderos y las fantasmagóricas
factorías de piensos, donde almacenaban los esqueletos de las reses
en montañas y ponían los cráneos de los bovinos con sus huesos
apoyados en los muros para que desde la calle se vieran como si
fisgonearan. Tengo la impresión que México le encantó a Lynch.
Barcelona
10 septiembre 2005
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