Una de las herramientas más importantes que usa la industria mediática para perpetuar sus formas de actuación, y en esto no difiere de otras industrias y estamentos administrativos, es el celo con el que guarda la entrada de nuevos integrantes, tanto en la formación de profesionales como en el acceso a los primeros escalafones de la pirámide. Dejo a un lado los tráficos de influencias, que no sólo son inherentes a cualquier organización humana y por lo tanto en la práctica inevitables, sino que comportan un grado intrínseco de indeterminación que los hace ineficaces en una tarea de continuidad ideológica que correría serio peligro si tuviera que confiar exclusivamente en ellos. La continuidad necesita algo más que las afinidades personales para afianzarse: un filtro ideológico que deje sólo pasar aquello que no es notoriamente distinto de lo que ya hay. En las escuelas y academias donde se imparten conocimientos en materia audiovisual, este filtro se manifiesta en varios niveles, desde el simple acceso al centro educativo –no cualquiera puede permitirse o le es permitido acceder a él–, pasando por el dirigismo educativo, y finalizando en todo el despliegue de facilidades e incentivos a favor de la forma de hacer de unos individuos y en detrimento de la de otros cuando llega el momento de llevar a cabo un proyecto de envergadura, por ejemplo un cortometraje en 35 mm, que será lo que el titulado pasee bajo el brazo en sus primeras incursiones en el mundo de los certámenes y la producción profesional.
Dentro del mundo real de la exhibición, la crítica y la compra-venta, el primer paso que más habitualmente da un nuevo realizador, es decir, un nuevo futuro emisor de mensajes audiovisuales, es el festival de cortometrajes. A partir de ahí, y como si de una pista de despegue se tratara, el nuevo realizador emprenderá de forma más o menos accidentada su camino de conexiones e interrelaciones con otros colegas, el conocimiento de otras obras, el reconocimiento de gente ya involucrada en la industria y el inicio de proyectos más ambiciosos. O como ocurre en la inmensa mayoría de casos, emprenderá un turbulento calvario de frustración y ruina que lo llevará, casi con toda seguridad, al abandono de sus empeños o a la dedicación a tareas de menor responsabilidad dentro de la industria audiovisual.
La importancia que este filtro tiene en el inicio del proceso no es en absoluto desdeñable, y por eso merece la pena dedicarle unas líneas, más cuando el festival de cortometrajes se presenta desde las instancias que los organizan no como el filtro excluyente que en realidad es, sino todo lo contrario: puertas abiertas al éxito y la oportunidad más segura de prosperar, lugar de encuentro de recomendada visita, escaparate al mundo de obras que aún no han dado el salto al gran mercado, y rampa de lanzamiento de nuevos y prometedores talentos. Por mi particular experiencia me centraré en los festivales de esta materia, aunque sospecho que todo lo que voy a decir a continuación podrá aplicarse, con las oportunas correcciones, a festivales de otro tipo de actividad artística, ya sea plástica, literaria o musical. Voy a usar, pues, un ejemplo extrapolable a otros ámbitos.
Cuando ojeamos el catálogo de un festival de cortometrajes [1], es habitual encontrar en las primeras páginas una apología de las buenas intenciones que han conducido a crearlo y a perpetuarlo en el tiempo. Una justificación que viene firmada a menudo ya por el director del mismo festival, ya por algún alto cargo en las instancias gubernativas vinculadas al fomento de la cultura en el área geográfica que acoge el festival en cuestión. Por lo general, estos compendios de buenas intenciones no sirven necesariamente a la verdad, sino que responden a intereses tácitos pero obvios. La mentira de los festivales no es un hecho circunstancial asociado a las inevitables manipulaciones y capciosidades de su funcionamiento y criterios de selección y premios. La mentira de los festivales radica en su propia naturaleza, desviada en esencia. Veamos por qué.
Vaya por delante que ni conozco todos los festivales que se celebran en el mundo, ni pretendo estar informado detalladamente de semejante despropósito. Es más, confieso que no todos los que conozco encajan en la descripción que a continuación elaboraré, y por lo tanto a ellos particularmente no atañe esta crítica. Voy a generalizar adrede, pero no a falsear una extensa realidad demasiado corrompida, y en sus elementos aún neutros o positivos, demasiado abocada a corromperse.
El festival de cortometrajes es un evento público, con pretendida repercusión en la prensa, donde se dan cita, preferentemente en unos pocos días festivos, autores de cortos –y por autores ahora englobo realizadores, productores y guionistas–; donde aparte de secciones retrospectivas o informativas de talante museístico, se llevan a cabo proyecciones de las obras de estos señores con un ánimo competitivo, y con la supuesta presencia de un público interesado en el panorama actual del cortometraje; y donde el acto final que cierra el evento consiste en una entrega de premios concedidos por un jurado cuyos miembros han sido elegidos por la dirección del festival. Esto es un festival de cortometrajes en un noventa y nueve por ciento de los casos, con pocos matices a añadir.
Esta estructura ha sido diseñada así para servir, en principio, a aquellos buenos motivos a los que hemos hecho referencia, y que son espolear el ánimo de los autores independientes, promover la difusión y el conocimiento del hermano pequeño del cine, y en definitiva romper una filantrópica lanza en pos de una batalla perdida comercialmente hablando, pero necesaria si se considera importante mantener viva una rama de la cultura, el audiovisual, que se ha hecho indispensable en nuestra sociedad.
En efecto, poner a disposición de los autores un espacio que facilite el debate, el intercambio de ideas y hasta de acuerdos y negocios, abierto al público y a la repercusión social, es un acto útil, necesario, y todo el mundo sale ganando con él. Pero centrar las actividades en el carácter competitivo empobrece: a) el ambiente audiovisual, y b) a los propios autores [2].
a) Se empobrece el ambiente porque se desvía la atención de lo primordial en favor de la chanza y del glamour pegajoso; y porque los premios concedidos por jurados capciosos –todos lo son, aun los bien intencionados– filtran los contenidos, homogeneizan el tipo de triunfadores, y ofrecen al público –y al mercado– una realidad del panorama audiovisual conformista, tibia y parcial, gracias a la inestimable ayuda de una prensa y unos medios de comunicación magníficamente entrenados en la ley del mínimo esfuerzo, y absolutamente faltos de interés por rascar un poco más allá del opaco caparazón del palmarés nacional e internacional. Las decisiones de los jurados, compuestos por individuos de dudosa procedencia en muchos casos, se acaban tomando por consenso, no por votación, es decir, por una media en los gustos. Si es por votación, también acaba resultando una media en los gustos [3]. Gustos subjetivos que obedecen o a una inevitable ignorancia del miembro en lo que se refiere a la expresión audiovisual –sería el caso de famosillos, tecnócratas o profesionales de prestigio en otros ámbitos que a menudo forman parte de los jurados–, o a una tendenciosa deformación profesional e ideológica en el caso de los directores de cine, críticos de arte y otros miembros asentados en la industria; y digo asentados, ya que si no lo están de alguna forma, nadie los convocaría para venir a ejercer de jurado.
b) Se empobrece a los propios autores, jugando injustificadamente con el impulso productivo que viene dado a la postre por su ilusión juvenil. El galardón actúa como una zanahoria en las narices de unos pollinos que corren sin llegar a alcanzarla nunca. Al final, se le da a uno de ellos, para legitimar la próxima carrera y asegurar la asistencia de los demás. Para colmo, la zanahoria acostumbra a ser dinero en metálico, lo que resulta ser, a final de cuentas, una bomba de relojería. El dinero en metálico, sobre todo si se trata de una cantidad considerable, puede convertirse rápidamente en un problema grave en manos de un individuo que ha llevado a cabo una obra colectiva, se supone que con el apoyo incondicional y gratuito del resto de la gente que ha intervenido. Pero sólo se supone, y habría mucho que discutir sobre cuál es el reparto más equitativo o el destino más justo que merecería ese dinero. En el fondo es más una cuestión ética que legal, pero no por ello menos complicada y embarazosa. Dependerá del caso en cuestión. La zanahoria hace creer al autor, además, que su carrera consiste en correr detrás de ella. La mentira de los festivales funciona perfectamente cuando se convierte en el autoengaño de los propios participantes. Los autores de cortometrajes acaban –acabamos– convencidos de que nuestra carrera consiste en convencer de nuestro talento a los miembros de un jurado a los que ni conocemos ni debemos ningún tipo de justificación por lo que hacemos. Ni siquiera merecen ellos más respeto por sus opiniones que nuestra cuñada, otro colega de profesión o cualquier desconocido. Sin embargo, a todos nos satisface la palmadita en la espalda dada por alguien a quien en otra circunstancia llevaríamos fácilmente la contraria en todos y cada uno de sus puntos de vista. Pero en el último día de un festival, acabamos valorando más la consensuada y acomodaticia opinión de un jurado siempre cuestionable, a la nuestra. La persecución de ese tipo de triunfo es lo que rebaja y empobrece la calidad de nuestro criterio.
Así, ¿quién sale ganando de un festival? El autor que endeudado se ha hundido en la ruina, rodando, editando y distribuyendo su obra, una obra probablemente muy interesante para un porcentaje grande o pequeño de público, enviándola a festivales que no le pagarán ni una cantidad simbólica por la proyección pública de su cinta, y que no le recompensarán con premio alguno, no habrá salido ganando, y en el peor de los casos habrá incluso conseguido aumentar un poco su nivel de frustración. El autor que es galardonado y obsequiado en especies, en metálico o en prestigio, y que contará ahora con muchas más posibilidades de que su obra atraiga el interés de la industria y de la televisión, tendrá que cuidarse mucho de no salir perdiendo también; porque allanarse el camino en el bosque de las dificultades prácticas para desarrollar la creatividad y poder vivir del trabajo que más le satisface, no justificará jamás la pérdida de un criterio honesto y propio, si es que lo ha tenido alguna vez, y que será lo único que pueda dar un brillo de interés real a su obra, más allá de la sobriedad profesional y las cabriolas estilísticas.
El único que a las claras sale ganando de un festival es el propio festival, es decir, quien lo organiza, por ejemplo el ayuntamiento de una localidad. Es una magnífica forma de cubrir un expediente en la cartera de política cultural, de atraerse visitantes y prensa, y de fomentar actividades a un coste razonable; de elevar su prestigio, en definitiva, o simplemente de gastar dinero porque toca. Esto explica los misteriosos comportamientos que detectamos en los festivales que consiguen llegar a la edad adulta: es descarada la forma en que a medida que se cubren de gloria y prestigio nacional, van dejando caer lastre, y así se transforman de nacionales en internacionales, de festivales mixtos de cine y vídeo en festivales de cine de gran formato exclusivamente, de festivales que promueven el contacto y la comunicación entre autores, a festivales supercompetitivos que contratan con televisiones y elevan el listón de sus concursantes. Y de esta forma se acaban despreciando los formatos menores, el Súper 8, el vídeo doméstico o el vídeo en general, a veces incluso el 16 mm. Se sigue sin remunerar la exhibición de las cintas, pero se eleva la cantidad en metálico de los escasos premios. Se concede en ocasiones una supuesta gracia democrática permitiendo un premio del público, como si se diese por entendido que el público ha asistido a todos los pases y ha visto todas las obras. Todas las obras tienen el mismo derecho a ser vistas; sin embargo alguien, nunca sabremos quién ni por qué, programó el vídeo de aquella chica a quien nadie conoce a las dos de la tarde, cuando todo el mundo está comiendo; y aquel cortometraje subvencionado, en 35 mm, dirigido por aquella actriz famosa, a las diez y media de la noche, cuando la platea está a rebosar y los críticos y los miembros del jurado ya han hecho la digestión, se han permitido un par de eructos y el vino de la cena ha edulcorado su criterio.
Como ya dije, no voy a entrar en el controvertido tema del amiguismo y el tráfico de influencias, porque es tan inevitable aquí como en cualquier otra esfera de la actividad social humana, y porque, a pesar de los casos flagrantes de corruptela que un servidor ha presenciado y otras personas también, me resisto a creer que en la sala de reuniones de un jurado no haya personas honestas que discutan e intenten actuar con imparcialidad. El tema de esta reflexión no son las anécdotas desagradables y de peor recuerdo, que abundan, sino los problemas estructurales que atenazan el mundo del audiovisual ya desde la base de sus planteamientos. Por eso, consideradas a grandes rasgos algunas cuestiones negativas importantes, voy a proponer una opción que yo creo más positiva que las existentes. Esta opción la he elaborado tomando elementos sueltos de festivales reales, y aportaciones de amigos y colegas del mundo de los cortometrajes, con quienes he charlado sobre ello invitado a alguna cena festivalera:
Preselección: que existan tantos festivales generalistas carece de sentido y sólo favorece intereses ajenos a los de los participantes. Sería muy recomendable centrar más las temáticas de los festivales, lo que ahorraría a los cortometrajistas mucho dinero invertido en el envío inútil de cintas, y legitimaría en gran medida, siempre y cuando hubiera quedado muy claro en el folleto de inscripción la temática y el estilo del festival, el trabajo de la comisión de preselección, que actuará con subjetividad pero por lo menos comprometidos con unas reglas claras y públicas. En el caso de hacerse imprescindible la preselección, por ejemplo en el caso de un festival generalista y encima internacional [4], sólo pueden admitirse como aceptables dos opciones: 1– o la previa publicación de la lista de filias y fobias de los preseleccionadores, 2– o la aceptación sólo de aquellas cintas que lleguen primero al festival hasta cubrir un cupo máximo prefijado.
Desarrollo del festival: se destinarán todos los esfuerzos a potenciar el conocimiento mutuo de los participantes. El debate y las interacciones llegarán solos, sobre todo si se mantiene el carácter informal y festivo que caracteriza a la mayoría de festivales pequeños. También es bueno que las actividades y proyecciones que se lleven a cabo cuenten con repercusión en la prensa, medios de comunicación y localidad donde se lleven a cabo. Se intentará, con máxima prioridad, remunerar a los participantes en la medida de lo posible, demostrando así el interés del festival por la totalidad de los trabajos presentados aunque sea de forma simbólica.
Secciones: cuantas más mejor, esto no genera ningún problema logístico y estructura y clarifica el festival. La única objeción hay que hacerla en el caso de que exista una sección competitiva: entonces no debería haber además otra sección que habitualmente se califica de informativa, donde van a parar todos aquellos productos que por su naturaleza, duración y características técnicas podrían entrar en la sección competitiva, pero que el criterio de alguien (?) ha privado de tal privilegio. Es una medida discriminatoria y humillante para estos participantes. Estas secciones informativas sólo están justificadas en el caso de productos que no cumplan los requisitos técnicos que se especificaban en las bases del festival, es decir, enviadas por alguien que sabía, o podía saber, que no iba a concursar, sólo a mostrar su obra. Los productos que sí cumplen las bases y que han sido seleccionados deben poder concursar en su totalidad, porque si no se está reduciendo al absurdo las propias bases del festival, y eso destruye el principio legitimador de su funcionamiento.
Premios: de existir, irán destinados exclusivamente a dos objetivos opcionales: pagar deudas contraídas por el cortometraje premiado, o garantizar la producción de un posterior producto. De ello se deduce que el premio ha de consistir en ayuda en especies –negativo, producción, revelado, editaje, etc.– o, en caso de tratarse de dinero en metálico, no tiene por qué pasar por las manos del autor. Es errónea la idea de que los festivales han de servir como fuente de ingresos. Su objetivo ha de ser otro, así como existen otras instituciones o empresas cuyo objetivo debería ser exactamente ése: ser fuente de ingresos para la producción audiovisual. En cualquier caso, todas aquellas iniciativas que vayan por la línea de una potenciación colectiva y se alejen de la concentración del premio en un solo individuo, serán más productivas y a buen seguro más justas.
Clausura: las cintas deben devolverse a los autores, aunque no se hayan personado en el festival. En ocasiones resulta humillante el trato manifestado en algunos festivales, que no sólo no devuelven las cintas sino que las utilizan para los fines más insospechados. La falta de presupuesto nunca es justificación para construir una organización insolvente y maleducada. Si los criterios iniciales son claros y concisos, no tienen por qué presentarse al final problemas irresolubles de masificación. Un festival que se presenta generalista, internacional, de grandísima ambición, no puede luego permitirse tener la poca vergüenza de no devolver las cintas e intentar defender esta negligencia con excusas referentes a dificultades organizativas y/o presupuestarias. La mejor manera de ahorrarse todos esos problemas es no organizando un festival.
Una mente preclara, con buena puesta a punto, no habrá dejado de notar que esta serie de sugerencias que he hecho para tender a una mejora en la estructura y funcionamiento de los festivales pueden resumirse en dos grandes características fundamentales: organización eficiente y no-intervención. A la carencia de la primera característica podemos calificarla de negligencia, pero la ausencia de la segunda es la causa de todos nuestros males. Mientras los festivales sigan ejerciendo su privilegio de preseleccionadores, seleccionadores, premiadores y por lo tanto y en última instancia, censores, seguirán haciendo de intermediarios entre las mentes productivas y el destinatario final, o sea, la sociedad, y seguirán formando parte y añadiendo su granito de arena a esa larga barrera alienadora que apuntala un sistema injusto e idiotizante. Los certámenes, ya sean de cortos, de escultura o de performance, subsisten y regeneran gracias a todos aquellos que les proporcionamos alimento, es decir, obra. Estamos pues en posición de exigir una reestructuración que sanee su funcionamiento y proporcione veracidad a su discurso filantrópico, beneficiándonos a nosotros y también al público. Alentemos también a todos aquellos –no son pocos– que están en trámites de levantar la primera edición de un festival para que se dejen llevar por criterios razonables y tengan la dignidad y el coraje suficiente para arrancarse de los ojos un velo cómodo pero falsario; con un poco de suerte se darán cuenta de que es fácil contar con el apoyo del grueso del colectivo de creadores si se toma la iniciativa de llevar a cabo un tipo de evento que por su originalidad levantará sin duda debates y adhesiones.
Las prerrogativas de organización eficiente y no-intervención no se limitan, naturalmente, a su aplicación a los festivales, sino que deben ser exigidas en certámenes, becas y subvenciones de todo tipo, si se juzga que estos últimos son necesarios. ¿No tienen derecho a una parte proporcional de los presupuestos dedicados a subvenciones todos los que cumplen los requisitos? ¿Por qué seguir sometidos indefinidamente a la discrecionalidad administrativa, que pone la decisión última en manos de una comisión o jurado siempre cuestionable? Rotundamente afirmo que la aplicación sistemática de semejante discrecionalidad al campo que nos ocupa no es otra cosa que un acto político de largo alcance. Algún día deberá llevarse a cabo un debate serio sobre la conveniencia de la intervención pública en la cultura. Muy pocos son, fuera de los cuatro favorecidos, los que honestamente puedan defender la necesidad de un Departamento de Cultura, por lo menos de uno con las características y funcionamiento de los actuales. La intervención institucional ha estado siempre, y seguirá estando mientras no se demuestre lo contrario, mucho más involucrada en negar el sustento de lo que no interesa que por la promoción de la mayor variedad posible de propuestas heterogéneas. Esto es así y es fácil verlo, pero no existe una crítica clara en contra por que el miedo atenaza a los autores, engañados y sobornados por una ilusión vana y perversa: la promesa de ser, algún día, admitidos dentro del club restringido de los privilegiados. Acaso debiérase, de una puñetera vez y a modo de acción de choque, dirigir durante un tiempo las protestas contra la mera concesión de subvenciones en vez de cuestionar el reparto de las mismas. Mucho me temo que esto no llegará nunca, a juzgar por la cara de susto que ponen tantos sólo de plantearse no ya esto, sino exigencias más benevolentes.
Tuvimos ocasión de presenciar algo por el estilo en diciembre de 1999, cuando pocos meses después de que proclamásemos el Dogma Final en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, Josep Girbau lió un buen entuerto convocando a la toda la prensa y a centenares de cineastas oriundos de Barcelona y otros afincados en Madrid –no sólo directores, también operadores, guionistas, maquilladoras, etc.–, con la intención de ocupar el cine de la Filmoteca de Cataluña para exigir un reparto más equitativo de las subvenciones para largometraje. Cito al completo la reseña aparecida en el periódico La Vanguardia el viernes 10 de diciembre:
«La denominada Plataforma de Cineastas Independientes amenaza con ocupar el próximo sábado, día 11 de diciembre, la sala de proyecciones de la Filmoteca de Catalunya, en el cine Aquitania de Barcelona. Dicha plataforma de realizadores y productores independientes, según reza en un comunicado hecho público ayer, ocupará la Filmoteca, desde las siete de la tarde, durante 24 horas en protesta por el dirigismo cultural y por el bloqueo financiero de televisiones e instituciones públicas. En concreto, se quejan del boicot a los proyectos de nuevos cineastas que de forma metódica vienen ejerciendo las televisiones e instituciones, así como de la existencia de listas negras en TV3 y TVE y en el Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya. Este expeditivo colectivo está formado por profesionales alejados por igual de las dos asociaciones de productores, Barcelona Audiovisual y el ACPA, que existen en Catalunya. Y una de sus principales denuncias será la imposibilidad de acceder a los créditos para la producción, creados por el Institut Català de Finances de la Generalitat de Catalunya de acuerdo con ambas asociaciones de productores. Ante tal amenaza, Vicenç Villatoro, director general de Promoció Cultural, departamento del que depende la Filmoteca, se mostró sorprendido e inquieto. Sorprendido por el anuncio de unas medidas extremas de presión, como es la ocupación, por parte de un colectivo que ni se presenta ni dice quiénes son. E inquieto porque sin concretar sus quejas, anuncien la toma de la Filmoteca.»
A la publicación en los periódicos de la amenazante convocatoria, con la consiguiente reacción inquieta del propio Director General también publicada, y a la inicial reacción entusiasta y entregada de la gran mayoría de convocados, siguió lo que era de prever tratándose de esta ciudad. El sábado por la noche, a la hora de la convocatoria, los veinte reporteros de radio, prensa y televisión que acudieron a cubrir el acto se encontraron con apenas otra veintena de individuos concentrados en pequeños corrillos delante de la puerta del cine, con las manos en los bolsillos y una pancarta desplegada en el suelo, debajo de los pies de todo el mundo. En el interior de la sala, el público asistía tranquilamente a la proyección de la película. El resto de los quinientos convocados se había olvidado de acudir, y algunos de ellos habían telefoneado el día anterior a Girbau, o a su compinche Arias, para expresarles su temor a posibles represalias de los poderes fácticos en caso de sumarse a la manifestación. Obviamente la sala no llegó a ocuparse en ningún momento, y por consiguiente en su interior tampoco se materializó la fundación de la Plataforma de Cineastas Independientes, como estaba previsto. Cuando las cámaras de televisión grabaron a Girbau leyendo la proclama, los concentrados se abstuvieron mucho de permanecer detrás suyo y, quizá guiados por su instinto de hombres de cine, prefirieron colocarse detrás de las cámaras. Si las imágenes hubieran finalmente sido emitidas en el informativo de la noche, como estaba también previsto, el asombrado público de este país sólo hubiera presenciado lo que aparentaba ser un excéntrico personaje, solitario en la entrada de un cine, leyendo una proclama de exigencias al poder público. Pero las imágenes no se emitieron, y los enviados de las emisoras de radio y televisión más importantes del país se despidieron con una palmadita en la espalda del convocante, medio desilusionados medio molestos, instándole a convocarlos de nuevo cuando consiguiese organizar algo parecido en serio. Chim-pón, he aquí un caso paradigmático de organización excelente con penosos resultados. ¿La razón?: el miedo.
Aunque en su día les cuestioné a los organizadores del evento, y aún hoy les cuestionaría, entre otras cosas, la heterogeneidad de los convocados y los objetivos de la manifestación, errados según mi punto de vista, y el ingenuo entusiasmo de la convocatoria –estaba claro que al final, como siempre, no vendrían más de veinte–, entiendo que a pesar de las equivocaciones, el intento fue digno de elogio, básicamente por dos razones: una, el relativo e insospechado éxito de convocatoria de medios de comunicación, conseguido gracias a una muy inteligente estratagema basada en el envío de mensajes anónimos a la prensa, lo que demuestra que es factible reunirlos y utilizarlos para nuestro provecho; y dos, el coraje inconmensurable que hay que acumular para organizar con un solo teléfono algo semejante contando con un personal tan bobo como el que se dedica al audiovisual, sabiendo, aunque sólo sea muy en el fuero interno, que el fracaso es inevitable.
Carlos Atanes
Barcelona, 2000
[1] Cuando hago referencia a cortometrajes no especifico cine o vídeo, porque en muchos casos los festivales de cine aceptan ambos formatos, aunque no en igualdad de condiciones, como veremos. Sin embargo, añado que la intención última es simplificadora, y que tanto me refiero a los festivales de cine, como a los de vídeo, como a los mixtos. Y por cortometraje no me ciño a la descripción típica de producto narrativo de trece minutos. Incluyo todo aquello que, muy arbitrariamente, se clasifica como animación, experimental, videocreación y documental, siempre de una duración inferior a una hora.
[2] Aquí se me podrán objetar dos cosas: que el carácter competitivo de un festival no tiene por qué menguar su carácter comunicativo, catalizador y de relaciones. Y que mi pobre, por no decir inexistente palmarés me corroe haciéndome pensar como un resentido. A lo primero contesto que en efecto, es cierto; y que en ocasiones pueden compatibilizarse las dos cosas. Sólo digo que ello no acostumbra a pasar, porque la que sirve a los intereses de los organizadores, la que les da prestigio y publicidad, es la competición –o eso creen ellos–, por eso se acentúa habitualmente en detrimento de la potenciación real de la creatividad y las iniciativas humanas. A lo segundo respondo que en efecto, puede pasarme, como ser humano y por consiguiente potencialmente mezquino y cobarde que puedo ser, que actúe como un resentido, pero no actúe a su vez el lector como un soplagaitas pensando en las connotaciones personales y perdiendo de vista el texto, que es lo que realmente debe focalizar su atención. La reflexión que lo ha gestado, y las conclusiones en las que desemboca, están muy alejadas de una ofuscación resentida y pretenden ser útiles para algo más que para un simple masaje autocompasivo. Que mal rayo parta a quien intente deconstruirme.
[3] Esto significa que un producto mediocre que no desagrade a la mayoría del jurado contará siempre con más posibilidades de llevarse un trofeo que otro capaz de entusiasmar a unos y asquear a otros –un producto polémico capaz de polarizar opiniones, y por lo tanto, un producto interesante.
[4] Es el colmo de quien mucho abarca poco aprieta, y que tire la primera piedra quien entrevea para qué sirve un festival semejante y en qué postulados descansa su oscura génesis.