Declaración del director a propósito de Maximum Shame
Yo no puedo explicar por qué hago una película. Nunca lo sé. Para mí una película no es una herramienta ni un medio, es un fin en sí mismo. Tiene sus propios porqués, como un ser vivo. Lo que sí puedo decir es que no las hago para contar historias —aunque de paso las cuente— sino para crear pequeños mundos diferentes al nuestro. Esto puede sonar muy pretencioso pero en realidad se trata de una tarea muy humilde: consiste en armar un pequeño ecosistema cerrado, regido por sus propias reglas. No es más que un juego. La narración es una excusa para describir —y un itinerario para recorrer— este ecosistema, que puede estar formado por un grupo reducido de habitantes. Así ocurre en Maximum Shame con la peculiaridad de que, a diferencia de mis otras películas, aquí ni los mismos protagonistas conocen las leyes que rigen sus vidas. En este sentido el mundo de Maximum Shame es parecido al nuestro. Aunque podamos tener una opinión al respecto en realidad no sabemos si lo que nos acontece es fruto del azar o del destino.
Los personajes de Maximum Shame viven en un agujero negro, un reducto ajeno al tiempo y al espacio, un limbo entre la realidad y la ficción, el orden y el caos, el presente y la eternidad. Y lo que hacen es, esencialmente, hablar y comer. O, por oposición, callar y ayunar. A algunas personas que no han superado la etapa anal les molesta que los personajes de las películas hablen, opinan que en el cine se debe hablar muy poco, a ser posible nada. Es un capricho estomagante que no comparto. Me gusta que la gente hable fuera y dentro del cine, sobre todo si dice cosas interesantes. Y esto permite establecer un orden jerárquico que me resulta muy estimulante al decidir, con la autoridad que me concede la autoría, quién habla y quién no. Normalmente el poderoso habla y el sometido calla. Como siempre hay un personaje más poderoso que otro las secuencias que escribo acaban derivando hacia el monólogo o, en el mejor de los casos, hacia el diálogo de besugos. Habida cuenta de que en el mundo real es muy raro que alguien escuche a alguien, también en esto Maximum Shame es una película realista.
Las mordazas son estupendas para reprimir el habla. Hay de dos tipos: unas mantienen la boca abierta y otras cerrada, pero tanto las unas como las otras devuelven por igual la capacidad vocal a un estadio anterior al del lenguaje articulado. Un adulto amordazado dispone de una capacidad de oratoria similar a la de un niño de teta. Como yo quería hacer una película sobre adultos que se comportan como niños tenía muchas ganas de amordazar actores, así que rompí la hucha y me di una vuelta por los sex-shops del barrio. Buscar atrezzo en los sex-shops en más divertido que hacerlo en las mercerías, aunque pedir una mordaza en una mercería también tiene su qué. Sobre esta base de mordazas y crueldad infantil ejercida por almas perdidas en un limbo —el limbo de los niños— donde todos participan en una partida de ajedrez pero donde nadie sabe jugar ensamblé el argumento de Maximum Shame. Me ayudó mucho ser un pésimo jugador de ajedrez.
Pude escribir el guión muy rápido, en apenas un mes, encajando las piezas de un puzzle absurdo a primera vista pero que reveló una sorprendente coherencia interna a medida que se acoplaba. Las diferentes piezas parecían imantadas y se atraían las unas a las otras obedeciendo a correspondencias entre campos semánticos: la ininteligibilidad de las reglas del juego llamaba a la arbitrariedad, ésta por un lado a la lucha por el poder y por otro al hastío, el hastío al sadismo, éste al dolor, el dolor al éxtasis, el éxtasis a la mística y a la transverberación de Santa Teresa, la transverberación a lo inefable. Lo inefable es un agujero en el universo verbal. Y todo orificio posee una doble naturaleza: la de brecha y la de conducto. Así los agujeros negros, que son desgarros en el espacio y quizá puertas a otros mundos, y así también el espacio oscuro entre la cama y el suelo, y el boquete penetrado por una espada candente en el cuerpo del transverberado y la traqueostomía perforada por una lanza de picador, respiradero que da paso al aire pero detiene las palabras.
Al ir escribiendo esto me voy dando cuenta de lo capaz que soy de disertar sin tregua sobre los sucesivos significados y ramificaciones de significados contenidos en esta película. Y de que, probablemente, no haya rodado un guión sino un ensayo bizantino, insensato y enmarañado sobre ética, fe, poder, sexo y otros asuntos que me sulibeyan. Voy a detenerme aquí no tanto por no alargarme como para no dar la impresión de ser algo que no soy —un individuo que sabe de qué habla— y para no presentar la película en un envoltorio analítico y sesudo. Me encanta que una película despliegue múltiples interpretaciones, polisemias, sentidos ocultos y dé pie a un sinfín de discusiones. Pero ante todo pretendo —y Maximum Shame no es una excepción— que constituya una experiencia sensorial, que seduzca en primer lugar a la intuición y luego, en cualquier caso y si es menester, al cerebro. Como un sueño. Si ver Maximum Shame sumerge la mente de Ud. en el estado Alfa me daré por satisfecho. Si además nota que en ese trance su mente se separa del cuerpo, flota en el aire y es capaz de verse a sí mismo traspuesto en la butaca, aproveche para traspasar la pantalla y venir a saludarme: me encontrará agazapado detrás de la cámara.