|
MAYÉUTICA INSTITUCIONAL Y FESTIVALES DE CINE Una de las herramientas más importantes que usa la
industria mediática para perpetuar sus formas de actuación, y en esto no
difiere de otras industrias y estamentos administrativos, es el celo con el que
guarda la entrada de nuevos integrantes, tanto en la formación de profesionales
como en el acceso a los primeros escalafones de la pirámide. Dejo a un lado los
tráficos de influencias, que no sólo son inherentes a cualquier organización
humana y por lo tanto prácticamente inevitables, sino que comportan un grado
intrínseco de indeterminación que los hace ineficaces en una tarea de
continuidad ideológica que correría serio peligro si tuviera que confiar
exclusivamente en ellos. La continuidad del sistema necesita algo más que las
afinidades personales para afianzarse, y esto es un filtro ideológico que deje
sólo pasar aquello que no es notoriamente distinto de lo que ya hay. En las
escuelas y academias donde se imparten conocimientos en materia audiovisual,
este filtro se manifiesta en varios niveles, desde el simple acceso al centro
educativo –no cualquiera puede permitirse o le es permitido acceder a él–,
pasando por el dirigismo educativo, y finalizando en todo el despliegue de
facilidades e incentivos a favor de la forma de hacer de unos individuos y en
detrimento de la de otros cuando llega el momento de llevar a cabo un proyecto
de envergadura, por ejemplo un cortometraje en 35 mm, que será lo que el
titulado pasee bajo el brazo en sus primeras incursiones en el mundo de los certámenes
y la producción profesional.
Dentro del mundo real de la exhibición, la crítica y la compra-venta, el primer paso que más habitualmente da un nuevo realizador, es decir, un nuevo futuro emisor de mensajes audiovisuales, es el festival de cortometrajes. A partir de ahí, y como si de una pista de despegue se tratara, el nuevo realizador emprenderá de forma más o menos accidentada su camino de conexiones e interrelaciones con otros colegas, el conocimiento de otras obras, el reconocimiento de gente ya involucrada en la industria y el inicio de proyectos más ambiciosos. O como ocurre en la inmensa mayoría de casos, emprenderá un turbulento calvario de frustración y ruina que lo llevará, casi con toda seguridad, al abandono de sus empeños o a la dedicación a tareas de menor responsabilidad dentro de la industria audiovisual. La importancia que este filtro tiene en el inicio del
proceso no es en absoluto desdeñable, y por eso merece la pena dedicarle unas líneas,
más cuando el festival de cortometrajes se presenta desde las instancias que
los organizan no como el filtro excluyente que en realidad es, sino todo lo
contrario: puertas abiertas al éxito y la oportunidad más segura de prosperar,
lugar de encuentro de recomendada visita, escaparate al mundo de obras que aún
no han dado el salto al gran mercado, y rampa de lanzamiento de nuevos y
prometedores talentos. Por mi particular experiencia, vinculada desde hace años
al mundo del corto y de la industria audiovisual, me centraré en los festivales
de esta materia, aunque sospecho que todo lo que voy a decir a continuación
podrá aplicarse, con las oportunas correcciones, a festivales de otro tipo de
actividad artística, ya sea plástica, literaria o musical. Voy a usar, pues,
un ejemplo extrapolable a otros ámbitos.
Cuando ojeamos el catálogo de un festival de
cortometrajes [1],
es habitual encontrar en las primeras páginas una apología de las buenas
intenciones que han conducido a crearlo y a perpetuarlo en el tiempo. Una
justificación que viene firmada a menudo ya por el director del mismo festival,
ya por algún alto cargo en las instancias gubernativas vinculadas al fomento de
la cultura en el área geográfica que acoge el festival en cuestión. Por lo
general, estos compendios de buenas intenciones no sirven necesariamente a la
verdad, sino que responden a intereses tácitos pero obvios. La mentira de los
festivales no es un hecho circunstancial asociado a las inevitables
manipulaciones y capciosidades de su funcionamiento y criterios de selección y
premios. La mentira de los festivales radica en su propia naturaleza, desviada
en esencia. Veamos por qué.
Vaya por delante que ni conozco todos los festivales que
se celebran en el mundo, ni pretendo estar informado detalladamente de semejante
despropósito. Es más, confieso que no todos los que conozco encajan en la
descripción que a continuación elaboraré, y por lo tanto a ellos
particularmente no atañe esta crítica. Voy a generalizar adrede, pero no a
falsear una extensa realidad demasiado corrompida, y en sus elementos aún
neutros o positivos, demasiado abocada a corromperse.
El festival de cortometrajes es un evento público, con
pretendida repercusión en la prensa, donde se dan cita, preferentemente en unos
pocos días festivos, autores de cortos –y por autores ahora englobo
realizadores, productores y guionistas–; donde aparte de secciones
retrospectivas o informativas de talante museístico, se llevan a cabo
proyecciones de las obras de estos señores con un ánimo competitivo, y con la
supuesta presencia de un público interesado en el panorama actual del
cortometraje; y donde el acto final que cierra el evento consiste en una entrega
de premios concedidos por un jurado cuyos miembros han sido elegidos por la
dirección del festival. Esto es un festival de cortometrajes en un noventa y
nueve por ciento de los casos, con pocos matices a añadir.
Esta estructura ha sido diseñada así para servir, en
principio, a aquellos buenos motivos a los que hemos hecho referencia, y que son
espolear el ánimo de los autores independientes, promover la difusión y el
conocimiento del hermano pequeño del cine, y en definitiva romper una filantrópica
lanza en pos de una batalla perdida comercialmente hablando, pero necesaria si
se considera importante mantener viva una rama de la cultura,
el audiovisual, que se ha hecho indispensable en nuestra sociedad.
En efecto, poner a disposición de los autores un espacio
que facilite el debate, el intercambio de ideas y hasta de acuerdos y negocios,
abierto al público y a la repercusión social, es un acto útil, necesario, y
todo el mundo sale ganando con él. Pero centrar las actividades en el carácter
competitivo empobrece: a) el ambiente audiovisual, y b) a los propios autores [2].
a)
Se empobrece el ambiente porque se desvía la atención de lo primordial en
favor de la chanza y del glamour pegajoso; y porque los premios concedidos por jurados capciosos –todos lo son,
aun los bien intencionados– filtran los contenidos, homogeneizan el tipo de
triunfadores, y ofrecen al público –y al mercado– una realidad del panorama
audiovisual conformista, tibia y parcial, gracias a la inestimable ayuda de una
prensa y unos medios de comunicación magníficamente entrenados en la ley del mínimo
esfuerzo, y absolutamente faltos de interés por rascar un poco más allá del
opaco caparazón del palmarés nacional e internacional. Las decisiones de los
jurados, compuestos por individuos de dudosa procedencia en muchos casos, se
acaban tomando por consenso, no por votación, es decir, por una media en los
gustos. Si es por votación, también acaba resultando una media en los gustos [3].
Gustos subjetivos que obedecen o a una inevitable ignorancia del miembro en lo
que se refiere a la expresión audiovisual –sería el caso de famosos, tecnócratas
o profesionales de prestigio en otros ámbitos que a menudo forman parte de los
jurados–, o a una tendenciosa deformación profesional e ideológica en el
caso de los directores de cine, críticos de arte y otros miembros asentados en
la industria; y digo asentados, ya que si no lo están de alguna forma, nadie
los convocaría para venir a ejercer de jurado.
b)
Se empobrece a los propios autores, jugando injustificadamente con el impulso
productivo que viene dado a la postre por su ilusión juvenil. El galardón actúa
como una zanahoria en las narices de unos pollinos que corren sin llegar a
alcanzarla nunca. Al final, se le da a uno de ellos, para legitimar la próxima
carrera y asegurar la asistencia de los demás. Para colmo, la zanahoria
acostumbra a ser dinero en metálico, lo que resulta ser, a final de cuentas,
una bomba de relojería. El dinero en metálico, sobre todo si se trata de una
cantidad considerable, puede convertirse rápidamente en un problema grave en
manos de un individuo que ha llevado a cabo una obra colectiva, se supone que
con el apoyo incondicional y gratuito del resto de la gente que ha intervenido.
Pero sólo se supone, y habría mucho que discutir sobre cuál es el reparto más
equitativo o el destino más justo que merecería ese dinero. En el fondo es más
una cuestión ética que legal, pero no por ello menos complicada y azarosa.
Dependerá del caso en cuestión. La zanahoria hace creer al autor, además, que
su carrera consiste en correr detrás de ella. La mentira de los festivales
funciona perfectamente cuando se convierte en el autoengaño de los propios
participantes. Los autores de cortometrajes acaban –acabamos– convencidos de
que nuestra carrera consiste en convencer de nuestro talento a los miembros de
un jurado a los que ni conocemos ni debemos ningún tipo de justificación por
lo que hacemos. Ni siquiera merecen ellos más respeto por sus opiniones que
nuestra cuñada, otro colega de profesión o cualquier desconocido. Sin embargo,
a todos nos satisface la palmadita en la espalda dada por alguien a quien en
otra circunstancia llevaríamos fácilmente la contraria en todos y cada uno de
sus puntos de vista. Pero en el último día de un festival, acabamos valorando
más la consensuada y acomodaticia opinión de un jurado siempre cuestionable, a
la nuestra. La persecución de ese tipo de triunfo
es lo que rebaja y empobrece la calidad de nuestro criterio.
Así, ¿quién sale ganando de un festival? El autor que
endeudado se ha hundido en la ruina, rodando, editando y distribuyendo su obra,
una obra probablemente muy interesante para un porcentaje grande o pequeño de público,
enviándola a festivales que no le pagarán ni una cantidad simbólica por la
proyección pública de su cinta, y que no le recompensarán con premio alguno,
no habrá salido ganando, y en el peor de los casos habrá incluso conseguido
aumentar un poco su nivel de frustración. El autor que es galardonado y
obsequiado en especies, en metálico o en prestigio, y que contará ahora con
muchas más posibilidades de que su obra atraiga el interés de la industria y
de la televisión, tendrá que cuidarse mucho de no salir perdiendo también;
porque allanarse el camino en el bosque de las dificultades prácticas para
desarrollar la creatividad y poder vivir del trabajo que más le satisface, no
justificará jamás la pérdida de un criterio honesto y propio, si es que lo ha
tenido alguna vez, y que será lo único que pueda dar un brillo de interés
real a su obra, más allá de la sobriedad profesional y las cabriolas estilísticas.
El único que a las claras sale ganando de un festival es
el propio festival, es decir, quien lo organiza, por ejemplo el ayuntamiento de
una localidad. Es una magnífica forma de cubrir un expediente en la cartera de
política cultural, de atraerse visitantes y prensa, y de fomentar actividades a
un coste razonable; de elevar su prestigio, en definitiva, o simplemente de
gastar dinero porque toca. Esto explica los misteriosos comportamientos que
detectamos en los festivales que consiguen llegar a la edad adulta: es descarada
la forma en que a medida que se cubren de gloria y prestigio nacional, van
dejando caer lastre, y así se transforman de nacionales en internacionales, de
festivales mixtos de cine y vídeo en festivales de cine de gran formato
exclusivamente, de festivales que promueven el contacto y la comunicación entre
autores, a festivales supercompetitivos que contratan con televisiones y elevan
el listón de sus concursantes. Y
de esta forma se acaban despreciando los formatos menores, el Súper 8, el vídeo
doméstico o el vídeo en general, a veces incluso el 16 mm. Se continúa sin
pagar los pases de las cintas, pero se eleva la cantidad en metálico de los
escasos premios. Se concede en ocasiones una supuesta gracia democrática
permitiendo un premio del público, como si se diese por entendido que el público
ha asistido a todos los pases y ha visto todas las obras. Todas las obras tienen
el mismo derecho a ser vistas; sin embargo alguien, nunca sabremos quién ni por
qué, programó el vídeo de aquella chica a quien nadie conoce a las dos de la
tarde, cuando todo el mundo está comiendo; y aquel cortometraje subvencionado,
en 35 mm, dirigido por aquella actriz famosa, a las diez y media de la noche,
cuando la platea está a rebosar y los críticos y los miembros del jurado ya
han hecho la digestión, se han permitido un par de eructos y el vino de la cena
ha edulcorado su criterio.
Como ya dije, no voy a entrar en el controvertido tema del
amiguismo y el tráfico de influencias, porque es tan inevitable aquí como en
cualquier otra esfera de la actividad social humana, y porque, a pesar de los
casos flagrantes de corruptela que un servidor ha presenciado y otras personas
también, me resisto a creer que en la sala de reuniones de un jurado no haya
personas honestas que discutan e intenten actuar con imparcialidad. El tema de
esta reflexión no son las anécdotas desagradables y de peor recuerdo, que
abundan, sino los problemas estructurales que atenazan el mundo del audiovisual
ya desde la base de sus planteamientos. Por eso, consideradas a grandes rasgos
algunas cuestiones negativas importantes, voy a proponer una opción que yo creo
más positiva que las existentes. Esta opción la he elaborado tomando elementos
sueltos de festivales reales, y aportaciones de amigos y colegas del mundo de
los cortometrajes, con quienes he charlado sobre ello invitado a alguna cena
festivalera:
Preselección: que existan tantos festivales generalistas carece de sentido y sólo
favorece intereses ajenos a los de los participantes. Sería muy recomendable
centrar más las temáticas de los festivales, lo que ahorraría a los
cortometrajistas mucho dinero invertido en el envío inútil de cintas, y
legitimaría en gran medida, siempre y cuando hubiera quedado muy claro en el
folleto de inscripción la temática y el estilo del festival, el trabajo de la
comisión de preselección, que actuará con subjetividad pero por lo menos
comprometidos con unas reglas claras y públicas. En el caso de hacerse
imprescindible la preselección, por ejemplo en el caso de un festival
generalista y encima internacional [4],
sólo pueden admitirse como aceptables dos opciones: 1– o la previa publicación
de la lista de filias y fobias de los preseleccionadores,
2– o la aceptación sólo de aquellas cintas que lleguen primero al
festival hasta cubrir un cupo máximo prefijado.
Desarrollo del
festival: se destinarán todos los esfuerzos a potenciar el conocimiento mutuo de
los participantes. El debate y las interacciones llegarán solos, sobre todo si
se mantiene el carácter informal y festivo que caracteriza a la mayoría de
festivales pequeños. También es bueno que las actividades y proyecciones que
se lleven a cabo cuenten con repercusión en la prensa, medios de comunicación
y localidad donde se lleven a cabo. Se intentará, con máxima prioridad,
remunerar a los participantes en la medida de lo posible, demostrando así el
interés del festival por la totalidad de los trabajos presentados aunque sea de
forma simbólica.
Secciones: cuantas más mejor, esto no genera ningún problema y estructura y
clarifica el festival. La única objeción hay que hacerla en el caso de que
exista una sección competitiva: entonces no debería haber además otra sección
que habitualmente se califica de informativa,
donde van a parar todos aquellos productos que por su naturaleza, duración y
características técnicas podrían entrar en la sección competitiva, pero que
el criterio de alguien (?) ha privado de tal privilegio. Es una medida
segregacionista y humillante para estos participantes. Estas secciones
informativas sólo están justificadas en el caso de productos que no cumplan
los requisitos técnicos que se especificaban en las bases del festival, es
decir, enviadas por alguien que sabía, o podía saber, que no iba a concursar,
sólo a mostrar su obra. Los productos que sí cumplen las bases y que han sido
seleccionados deben poder concursar en su totalidad, porque si no se está
reduciendo al absurdo las propias bases del festival, y eso destruye el
principio legitimador de su funcionamiento.
Premios: de existir, irán destinados exclusivamente a dos objetivos opcionales:
pagar deudas contraídas por el cortometraje premiado, o garantizar la producción
de un posterior producto. De ello se deduce que el premio ha de consistir en
ayuda en especies –negativo, producción, revelado, editaje, etc.– o, en
caso de tratarse de dinero en metálico, no tiene por qué pasar por las manos
del autor. Es errónea la idea de que los festivales han de servir como fuente
de ingresos. Su objetivo ha de ser otro, así como existen otras instituciones o
empresas cuyo objetivo debería ser exactamente ése: ser fuente de ingresos
para la producción audiovisual. En cualquier caso, todas aquellas iniciativas
que vayan por la línea de una potenciación colectiva, y se alejen de la
concentración del premio en un solo individuo, serán más productivas y a buen
seguro más justas.
Clausura: las cintas deben devolverse a los autores, aunque no se hayan personado
en el festival. En ocasiones resulta humillante el trato manifestado en algunos
festivales, que no sólo no devuelven las cintas sino que las utilizan para los
fines más insospechados. La falta de presupuesto nunca es justificación para
construir una organización insolvente y maleducada. Si los criterios iniciales
son claros y concisos, no tienen por qué presentarse al final problemas
irresolubles de masificación. Un festival que se presenta generalista,
internacional, de grandísima ambición, no puede luego permitirse tener la poca
vergüenza de no devolver las cintas e intentar defender esta negligencia con
excusas referentes a dificultades organizativas y/o presupuestarias. La mejor
manera de ahorrarse todos esos problemas es no
organizando un festival.
Catálogos: son imprescindibles para dar fe y perpetuar la actividad interpersonal
de los festivales. La ausencia de un catálogo que pueda servir para algo a los
participantes [5],
reduce a la nada toda posible buena intención de un festival.
Una mente preclara, con buena puesta a punto, no habrá
dejado de notar que esta serie de sugerencias que he hecho para tender a una
mejora en la estructura y funcionamiento de los festivales pueden resumirse en
dos grandes características fundamentales: organización eficiente y
no-intervención. A la carencia de la primera característica podemos
calificarla de negligencia, pero la ausencia de la segunda es la causa de todos
nuestros males. Mientras los festivales sigan ejerciendo su privilegio de
preseleccionadores, seleccionadores, premiadores y por lo tanto y en última
instancia, censores, seguirán haciendo de intermediarios entre las mentes críticoproductivas
y el destinatario final, o sea, la sociedad, y seguirán formando parte y añadiendo
su granito de arena a esa larga barrera alienadora que apuntala un sistema
injusto e idiotizante. Los certámenes, ya sean de cortos, de escultura o de performance,
subsisten y regeneran gracias a todos aquellos que les proporcionamos alimento,
es decir, obra. Estamos pues en posición de exigir una reestructuración que
sanee su funcionamiento y proporcione veracidad a su discurso filantrópico, beneficiándonos a nosotros y también al público.
Alentemos también a todos aquellos –no son pocos– que están en trámites
de levantar la primera edición de un festival para que se dejen llevar por
criterios razonables y tengan la dignidad y el coraje suficiente para arrancarse
de los ojos un velo cómodo pero falsario; con un poco de suerte se darán
cuenta de que es fácil contar con el apoyo del grueso del colectivo de
creadores si se toma la iniciativa de llevar a cabo un tipo de evento que por su
originalidad levantará sin duda debates y adhesiones.
Las prerrogativas de organización eficiente y
no-intervención no se limitan, naturalmente, a su aplicación a los festivales,
sino que deben ser exigidas en certámenes, becas y subvenciones de todo tipo,
si se juzga que estos últimos son necesarios. ¿No tienen derecho a una parte
proporcional de los presupuestos dedicados a subvenciones todos los que cumplen
los requisitos? ¿Por qué seguir sometidos indefinidamente a la
discrecionalidad administrativa, que pone la decisión última en manos de una
comisión o jurado siempre cuestionable? Rotundamente afirmo que la aplicación
sistemática de semejante discrecionalidad al campo que nos ocupa no es otra
cosa que un acto político de largo alcance. Algún día deberá llevarse a cabo
un debate serio sobre la conveniencia de la intervención pública en la
cultura. Muy pocos son, fuera de los cuatro favorecidos, los que honestamente
puedan defender la necesidad de un Departamento de Cultura, por lo menos de uno
con las características y funcionamiento de los actuales. La intervención
institucional ha estado siempre, y seguirá estando mientras no se demuestre lo
contrario, mucho más preocupada por negar el sustento de lo
que no interesa que por la promoción de la mayor variedad posible de
propuestas heterogéneas. Esto es así y es fácil verlo, pero no existe una crítica
clara en contra por que el miedo atenaza al proletariado cultural, engañado y
sobornado por una ilusión vana y perversa: la promesa de ser, algún día,
admitido dentro del club restringido de los privilegiados. Acaso debiérase, de
una puñetera vez y a modo de acción de choque, dirigir durante un tiempo las
protestas contra la mera concesión de subvenciones en vez de cuestionar el
reparto de las mismas. Mucho me temo que esto no llegará nunca, a juzgar por la
cara de susto que ponen tantos sólo de plantearse no ya esto, sino exigencias más
benevolentes.
Tuvimos ocasión de presenciar algo por el estilo en
diciembre de 1999, cuando pocos meses después de que proclamásemos el Dogma
Final en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, Josep Girbau lió un
buen entuerto convocando a la toda la prensa y a centenares de cineastas
oriundos de Barcelona y otros afincados en Madrid –no sólo directores, también
operadores, guionistas, maquilladoras, etc.–, con la intención de ocupar el
cine de la Filmoteca de la Generalitat de Catalunya para exigir un reparto más
equitativo de las subvenciones para largometraje. Cito al completo la reseña
aparecida en el periódico La Vanguardia el viernes 10 de diciembre:
«La
denominada Plataforma de Cineastas Independientes amenaza con ocupar el próximo
sábado, día 11 de diciembre, la sala de proyecciones de la Filmoteca de
Catalunya, en el cine Aquitania de Barcelona. Dicha plataforma de realizadores
y productores independientes, según reza
en un comunicado hecho público ayer, ocupará la Filmoteca, desde las siete de
la tarde, durante 24 horas en protesta por el dirigismo cultural y por el
bloqueo financiero de televisiones e instituciones públicas.
En concreto, se quejan del boicot a los proyectos de nuevos cineastas que de forma metódica vienen
ejerciendo las televisiones e instituciones, así como de la existencia de
listas negras en TV3 y TVE y en el Departament de Cultura de la Generalitat de
Catalunya.
Este expeditivo
colectivo está formado por profesionales alejados por igual de las dos
asociaciones de productores, Barcelona Audiovisual y el ACPA, que existen en
Catalunya. Y una de sus principales denuncias será la imposibilidad de acceder
a los créditos para la producción, creados por el Institut Català de Finances
de la Generalitat de Catalunya de acuerdo con ambas asociaciones de productores.
Ante tal amenaza, Vicenç Villatoro, director general de Promoció Cultural, departamento del que depende la Filmoteca, se mostró sorprendido e inquieto. Sorprendido por el anuncio de unas medidas extremas de presión, como es la ocupación, por parte de un colectivo que ni se presenta ni dice quiénes son. E inquieto porque sin concretar sus quejas, anuncien la toma de la Filmoteca.» A la publicación en los periódicos de la amenazante
convocatoria, con la consiguiente reacción inquieta del propio Director General
también publicada, y a la inicial reacción entusiasta y entregada de la gran
mayoría de convocados, siguió lo que era de prever tratándose de esta ciudad.
El sábado por la noche, a la hora de la convocatoria, los veinte reporteros de
radio, prensa y televisión que acudieron a cubrir el acto se encontraron con
apenas otra veintena de individuos concentrados en pequeños corrillos delante
de la puerta del cine, con las manos en los bolsillos y una pancarta desplegada
en el suelo, debajo de los pies de todo el mundo. En el interior de la sala, el
público asistía tranquilamente a la proyección de la película. El resto de
los quinientos convocados se había olvidado de acudir, y algunos de ellos habían telefoneado el día anterior a Girbau, o a
su compinche Arias, para expresarles su temor a posibles represalias de los
poderes fácticos en caso de sumarse a la manifestación. Obviamente la sala no
llegó a ocuparse en ningún momento, y por consiguiente en su interior tampoco
se materializó la fundación de la Plataforma de Cineastas Independientes, como
estaba previsto. Cuando las cámaras de televisión grabaron a Girbau leyendo la
proclama, los concentrados se abstuvieron mucho de permanecer detrás suyo y,
quizá guiados por su instinto de hombres de cine, prefirieron colocarse detrás
de las cámaras. Si las imágenes hubieran finalmente sido emitidas en el
informativo de la noche, como estaba también previsto, el asombrado público de
este país sólo hubiera presenciado lo que aparentaba ser un excéntrico
personaje, solitario en la entrada de un cine, leyendo una proclama de
exigencias al poder público. Pero las imágenes no se emitieron, y los enviados
de las emisoras de radio y televisión más importantes del país se despidieron
con una palmadita en la espalda de Girbau, medio desilusionados medio molestos,
instándole a convocarlos de nuevo cuando consiguiese organizar algo parecido en
serio. Chim-pón, he aquí un caso paradigmático de organización excelente
con penosos resultados. ¿La razón?: el miedo, como dije, y también a menudo
la estulticia atenazan el cuello del proletariado cultural.
Aunque en su día les cuestioné a los organizadores del evento, y aún hoy les cuestionaría, entre otras cosas, la heterogeneidad de los convocados y los objetivos de la manifestación, errados según mi punto de vista, y el ingenuo entusiasmo de la convocatoria –estaba claro que al final, como siempre, no vendrían más de veinte–, entiendo que a pesar de las equivocaciones, el intento fue digno de elogio, básicamente por dos razones: una, el relativo e insospechado éxito de convocatoria de medios de comunicación, conseguido gracias a una muy inteligente estratagema basada en el envío de mensajes anónimos a la prensa, lo que demuestra que es factible reunirlos y utilizarlos para nuestro provecho; y dos, el coraje inconmensurable que hay que acumular para organizar con un solo teléfono algo semejante contando con un personal tan bobo como el que se dedica al audiovisual, sabiendo, aunque sólo sea muy en el fuero interno, que el fracaso es inevitable. © Carlos Atanes 2000
|
| [1] Cuando hago referencia a cortometrajes no especifico cine o vídeo, porque en muchos casos los festivales de cine aceptan ambos formatos, aunque no en igualdad de condiciones, como veremos. Sin embargo, añado que la intención última es simplificadora, y que tanto me refiero a los festivales de cine, como a los de vídeo, como a los mixtos. Y por cortometraje no me ciño a la descripción típica de producto narrativo de trece minutos. Incluyo todo aquello que, muy arbitrariamente, se clasifica como animación, experimental, videocreación y documental, siempre de una duración inferior a una hora. |
| [2] Aquí se me podrán objetar dos cosas: que el carácter competitivo de un festival no tiene por qué menguar su carácter comunicativo, catalizador y de relaciones. Y que mi pobre, por no decir inexistente palmarés me influye rencorosamente haciéndome pensar como un resentido. A lo primero contesto que en efecto, es cierto; y que en ocasiones pueden compatibilizarse las dos cosas. Sólo digo que ello no acostumbra a pasar, porque la que sirve a los intereses de los organizadores, la que les da prestigio y publicidad, es la competición –o eso creen ellos–, por eso se acentúa habitualmente en detrimento de la potenciación real de la creatividad y las iniciativas humanas. A lo segundo respondo que en efecto, puede pasarme, como ser humano y por consiguiente potencialmente mezquino y cobarde que puedo ser, que actúe como un resentido, pero no actúe a su vez el lector como un soplagaitas pensando en las connotaciones personales y perdiendo de vista el texto, que es lo que realmente debe focalizar su atención. La reflexión que lo ha gestado, y las conclusiones en las que desemboca, están muy alejadas de una ofuscación resentida y pretenden ser útiles para algo más que para un simple masaje autocompasivo. Que mal rayo parta a quien intente deconstruirme. |
| [3] Esto significa que un producto mediocre que no desagrade a la mayoría del jurado contará siempre con más posibilidades de llevarse un trofeo que otro capaz de entusiasmar a unos y asquear a otros –un producto polémico capaz de polarizar opiniones, y por lo tanto, un producto interesante. |
| [4] Es el colmo de quien mucho abarca poco aprieta, y que tire la primera piedra quien entrevea para qué sirve un festival semejante y en qué postulados descansa su oscura génesis. |
| [5] Y por algo no me estoy refiriendo al omnipresente currículum vitae que tanto ocupa a todo el mundo, sino al catálogo a modo de agenda referencial. |