| Sonda Galileo - Arthur C. Clarke- Infestación - Luna Europa Exobiología - Origen de la vida - Júpiter - No injerencia
Si perforamos la corteza helada de Europa, introducimos una sonda por el agujero, y al cabo de unos cuantos años detectamos la presencia de vida, nos preguntaremos si las muestras biológicas recogidas son: a) genuinamente extraterrestres; b) descendientes directas de organismos transportados hasta allí, accidentalmente, por la propia sonda; c) una especia híbrida. La conservación estricta de la pureza autóctona nos obliga a desistir de cualquier interacción con ella. Dado que la vida en Europa sólo puede desarrollarse bajo la costra de hielo, es decir, a resguardo de nuestra inquisitiva mirada, sólo una interacción de tipo intrusivo podría revelarnos su existencia. Por consiguiente deberíamos abstenernos de saber si existe vida o no. Por lo menos durante algún tiempo, el suficiente para que los alienígenas alcancen un grado de evolución que les impulse a romper el cascarón. Ese tiempo puede ser muy largo: quizá ya no estemos aquí para saludarles cuando saquen la cabeza. Pero este empeño en la no-injerencia —y diciendo esto parece que contemporicemos con el capitán Kirk— puede que sea, al fin de cuentas, una quimera fútil. Si la vida se está desarrollando en bolsas aisladas, desperdigadas por cuerpos celestes muy distantes entre sí, a lo largo y ancho de la galaxia, y si en cada una de esas bolsas la vida puja por medrar y expandirse, de la misma forma que hace en nuestro planeta, quizá entonces no nos corresponda a nosotros, los vanidosos especímenes humanos, ponerle vallas al campo. La vida se atrae entre sí, ansiando el encuentro, la interacción, el cruce y la mezcla. Un claro ejemplo lo damos nosotros mismos, rastreando las estrellas en busca de semejantes. Es una llamada muy atávica. Siempre me he sonreído al escuchar la afirmación de algunos ufólogos, cuando aseguran que el origen de la vida en la Tierra hay que buscarlo en otros mundos. No me sonrío porque juzgue inverosímil el comentario, sino porque lo considero irrelevante: trasladar el origen de la vida a otro planeta no hace si no trasladar el problema del origen de la vida, dejándolo sin resolver. Pero a su vez presente, intacto, eternamente invocado. ¡Pero qué más dará que las amebas sean originarias del mar de Bering o de la Serenidad! Si los cosmólogos afirman que nuestro universo no es una esfera con centro, porque se curva en cuatro dimensiones —por lo menos—, quizá tampoco tenga sentido concebir el fenómeno de la vida como una estructura arborescente con un tronco central desde el que han brotado las ramas. Quizá sea más atinado verlo como un rizoma cósmico, omni-localizado, o potencialmente omni-localizable. Es una hipótesis muy plausible suponer que la vida campa a sus anchas en incontables cuerpos celestes, y que aprovecha la mínima oportunidad para saltar de uno a otro, ya sea a lomos de un meteorito o incrustada en las hendiduras de las suelas de las botas de un astronauta. La vida es, ante todo, inevitable, inexorable y bendita infestación. Así que dejémonos de puñetas y vayamos a Europa de una vez.
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