Manuel Solàs en el rodaje

de Gallino, the Chicken System.
(Foto: Jacobo Medrano)

El actor Manuel Solàs

 

 

La semana pasada, en el epílogo de vinos tintos que siguió a una jornada de rodaje de Gallino, the Chicken System, Manuel Solàs nos contaba cómo, siendo un muchacho, se inició en la vida actoral de la mano de Mario Cabré, quien le abrió las puertas de su compañía —lo que no es poco inicio—. Desde entonces ha llovido mucho, las suelas de Solàs han hollado el entablado de innumerables escenarios y su piel goza de ese particular bronceado que distingue a quienes se han bañado durante miles de horas en la luz de los peines y los platós. La suya ha sido y es una carrera larga, ininterrumpida, de décadas, a lo largo de la historia del teatro barcelonés del último medio siglo asentada en un principio muy básico pero a menudo olvidado por quienes cultivamos o pretendemos cultivar estas artes: el goce. El del público, por supuesto, pero ante todo el propio. He charlado, debatido y conversado tantas veces con Manuel Solàs acerca de tantísimos temas desde que nos conocemos que me resultaría imposible siquiera concebir que pudieran listarse. Hemos discutido sobre política, sobre la belleza —especialmente la de las mujeres, tema por el que compartimos un brioso interés—, sobre gastronomía, idiomas, religión, viajes, toros, literatura y sobre todo lo divino y humano que imaginar se pueda, incluyendo una polémica recurrente y nunca resuelta acerca de cuánto se tarda en recorrer a pie la distancia que separa el barrio de Sants de la fuente de Canaletas. Pero sobre todo hemos hablado mucho, muchísimo, de cine y de teatro. De lo que nos gusta ver y de lo que nos gusta hacer. Y si, en un temerario intento pretendiese resumir la filosofía de trabajo de este hombre —que, sospecho, vendría a ser también su filosofía de vida— en un solo axioma, sería uno tan sencillo como éste: disfruta haciendo lo que haces.

 

Probablemente radique en este principio tan sensato el secreto de la seducción que Manuel Solàs ejerce entre quienes disfrutan del privilegio de trabajar con él. Su sentido del goce contagia a quienes le rodean. Durante la función y el rodaje, pero también después, en la cena o en las copas. Porque si hay otra cosa que este actor tiene clara es que la farándula no se acaba en los aplausos, sino que continúa en la calle, en la terraza del bar, en la cena compartida. Discutiendo, hablando, poniendo en común la experiencia de unos seres que, se diga lo que se diga, se dedican a algo muy insólito. La del actor no es sólo una profesión, es también una forma de vivir y entender la vida, y esto es algo que saben quienes se dedican a ello. De nuevo he disfrutado filmando a Manel. Él me ha hecho disfrutar. Y aún diré más: después de no sé cuántos rodajes juntos —he perdido la cuenta, es el actor que más ha trabajado conmigo y eso sin contar las aventuras teatrales y las películas frustradas— he disfrutado más que nunca, porque le he visto mejor que nunca. Más entregado si cabe, más seductor si cabe, más incansable si cabe y más grande como intérprete si eso también cupiera. Ha sido un verdadero placer compartir otra vez con él ensayos, planos, repeticiones y complicidades —digo complicidades porque a estas alturas Manel y yo necesitamos hablar muy poco para entendernos— . Y si a esto añadimos que en estas largas secuencias que hemos rodado su oponente (amistoso) ha sido Octavi Pujades, otro actor que sabe disfrutar de su trabajo y de una buena conversación, entonces cabe concluir que el grueso del rodaje de Gallino ha sido poco menos que una fiesta.

 

Manuel Solàs es un maestro en el sentido más elevado del término aunque él jamás lo reconocerá, ni en público ni en privado. Me ha enseñado muchas cosas. Como por ejemplo, y entre otras, a no sufrir haciendo películas. Es una lección importante que conviene aprender. La distancia geográfica no ha impedido que sigamos levantando proyectos juntos. Así debe ser y así seguirá siendo. No podría ser de otra forma cuando oyendo la palabra actor siempre acude su rostro a mi cabeza.

 

 

© Carlos Atanes

Madrid, 7 de marzo de 2012

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